Cuando el territorio tomó la palabra

El lonko Héctor Aillapan Ñanculef conversa con el presidente de NAISA, Luis E. Cárcamo-Huechante, después de la ceremonia de apertura, frente a la ruka Mapuche en el Campus Norte de la Universidad Católica de Temuco. Temuko, Wallmapu, Chile, julio de 2026. Foto: Marcos Colón.

Cuando el territorio tomó la palabra

Fui a Temuco para hablar de la importancia de escuchar a los territorios indígenas. Wallmapu me preguntó si el mundo académico estaba dispuesto a escuchar.

Marcos Colón
11 de septiembre de 2026

Llegué a Temuco, Chile, con la Amazonía en el corazón, la mente y la mirada.

Iba al congreso anual de la Asociación de Estudios sobre los Pueblos Nativos Americanos e Indígenas (NAISA) a dar una charla titulada Otros posibles: los susurros de la Panamazonía, una reflexión sobre mi documental Pisar suavemente en la tierra. El objetivo era hablar sobre los saberes indígenas, la relación entre la vida humana y la más-que-humana y la necesidad de imaginar formas de habitar la Tierra que no comiencen con la extracción.

Mi presentación giraba en torno a la idea de escuchar.

He dedicado buena parte de mi vida profesional a pensar qué ocurre cuando periodistas, cineastas e investigadores entran en territorios indígenas. Con demasiada frecuencia, llegamos con la historia que esperamos encontrar. Recogemos testimonios, los traducimos al lenguaje de nuestras instituciones y nos marchamos. El territorio se convierte en material; la experiencia, en evidencia; las personas, en fuentes.

En mi trabajo he intentado resistirme a ese hábito. Defiendo una práctica que consiste en permanecer el tiempo suficiente para que el territorio altere los supuestos con los que llegamos. Llegué a Temuco preparado para hablar de esa forma de escuchar.

Y entonces Wallmapu tomó la palabra.

Estando allí, leí una carta abierta de la Coordinación Territorial Mapuche Wallmapu dirigida a la NAISA. El mensaje era respetuoso, pero no agradable. Daba la bienvenida a los asistentes al congreso, pero nos recordaba que no nos encontrábamos en territorio neutral.

La NAISA no solo había ido a Temuco, una ciudad del sur de Chile: había entrado en Wallmapu, el territorio ancestral del pueblo mapuche.

Fuera de las salas de conferencias, según la carta, las familias mapuches seguían sufriendo el racismo, la militarización, el encarcelamiento, la criminalización de sus reivindicaciones territoriales y la pérdida constante de sus tierras. Los autores de la carta cuestionaban si un encuentro internacional de intelectuales indígenas podía venir a Wallmapu sin adoptar una postura ética y política respecto a las condiciones que padece el pueblo que acoge el evento.

Esa cuestión impidió que el congreso fuera solo un congreso.

Y que yo fuera solo un ponente.

Grupo de profesores durante la ceremonia de apertura del simposio de la Native American and Indigenous Studies Association (NAISA), en el Campus Norte de la Universidad Católica de Temuco. Temuko, Wallmapu, Chile, julio de 2026. Foto: Marcos Colón.

El lenguaje del congreso

En el programa del evento el lenguaje de la resistencia aparecía por doquier. Se habló de los medios de comunicación mapuches y del derecho a expresarse con sus propias palabras y a tener una mirada propia; de la expansión urbana, la expropiación en Temuco y el encarcelamiento de los indígenas en Chile; del extractivismo y la defensa del territorio, y de la memoria ancestral y la posibilidad de crear espacios académicos indígenas más éticos.

No eran debates superficiales. Reunían a personas cuya investigación, producción artística y compromiso político cuestionan las instituciones coloniales desde hace décadas. Muchos de los ponentes eran investigadores indígenas que tenían sus propias historias de usurpación y lucha.

Por lo tanto, la contradicción no se daba entre un congreso que se preocupaba y un territorio que sufría.

Era más difícil de precisar.

Empecé a darme cuenta de que la tensión residía entre la profundidad de lo que se podía decir durante el congreso y la cuestión más espinosa de qué responsabilidades —si las hubiera— debería asumir una institución una vez finalizado el encuentro que ella misma había organizado. Podíamos analizar con gran precisión la violencia colonial, la soberanía territorial, el encarcelamiento de indígenas y la descolonización, y debatir sobre todo ello con gran profundidad. Pero ¿qué exigían de nosotros esas palabras una vez concluidas las mesas redondas?

La carta abierta advertía que el trabajo intelectual, por sofisticado que pudiera parecer, tendría escaso poder frente a la negación y el colonialismo si no estaba vinculado a una responsabilidad política. Los autores sugerían que el conocimiento académico puede volverse alienante y estéril cuando se separa de la vida colectiva de los pueblos cuyas historias y luchas hacen posible ese conocimiento.

Aquello me obligó a plantearme una pregunta en concreto: ¿qué sentido tienen los estudios indígenas sin la transformación de las instituciones que producen y gestionan conocimiento?

Vista aérea de la ciudad de Temuco, con el Monumento Natural Cerro Ñielol a la izquierda. Temuko, Wallmapu, Chile, julio de 2026. Foto: Marcos Colón.

Un territorio no es un telón de fondo

Temuco podría considerarse fácilmente el lugar que figura debajo del nombre del congreso: un destino, un campus, un lugar de reunión temporal.

Pero Wallmapu no es un telón de fondo.

Un territorio no es solo una superficie delimitada por fronteras. Es memoria, lengua, agua, lugar de sepultura, alimento, parentesco y la posibilidad de un futuro colectivo. Alberga tanto a los vivos como a los muertos. No puede reducirse a una propiedad sin perder las relaciones que le dan sentido.

Esta distinción está en el centro de la actual disputa por las tierras mapuches.

En junio, la Comunidad Autónoma de Temucuicui respondió a las modificaciones que el Gobierno propone para la Ley Indígena de Chile, presentadas como una forma de otorgar a los pueblos indígenas una mayor libertad y más oportunidades económicas para el uso de sus tierras. Pero Temucuicui interpretó ese lenguaje jurídico de otra manera: advirtió que permitir que las tierras protegidas pudieran arrendarse, hipotecarse o tratarse como propiedades comerciales individuales podría exponer los territorios colectivos al mundo de los bancos, las empresas y la deuda, y dar lugar a un renovado proceso de expropiación.

La disputa, por tanto, no se limita a la gestión técnica de la tierra, sino que tiene que ver con dos maneras radicalmente distintas de entender qué es la tierra.

Para el mercado, la tierra puede dividirse, tasarse, intercambiarse y utilizarse como garantía. Para las voces mapuches representadas en estos documentos, el territorio es inseparable de la historia colectiva y de la continuidad de la vida. Temucuicui invoca el itxofil mogen, la diversidad y la interdependencia de los seres vivos, para cuestionar la reducción del mundo viviente a “recursos naturales”.

Reconocí esta lengua de la Amazonía. En el artículo “¿Cumbre crucial o carnaval climático?”, escribí sobre el peligro de convertir la selva en un telón de fondo para el espectáculo de una conferencia internacional del clima, mientras la explotación de recursos continuaba entre bastidores. Detrás de esa contradicción se esconde la misma controversia fundamental sobre si el territorio es una relación viva de memoria y responsabilidad o un inventario de recursos a la espera de ser valorados.

En toda la región panamazónica, los pueblos indígenas llevan mucho tiempo insistiendo en que un bosque no es solo madera, un río no es simplemente agua y el territorio no es un inventario de recursos que explotar. El lenguaje varía de un pueblo a otro, pero la oposición resulta familiar: de un lado, el mundo como relación; del otro, el mundo como posesión.

Había venido a Temuco a hablar sobre estas cuestiones de la Amazonía. Wallmapu me reveló que ya estaban allí, bajo mis pies.

Ceremonia de apertura del simposio de la Native American and Indigenous Studies Association (NAISA), en el Campus Norte de la Universidad Católica de Temuco. Temuko, Wallmapu, Chile, julio de 2026. Foto: Marcos Colón.

Lo que no pudo terminar con el congreso

Chile heredó una ley antiterrorista de la dictadura de Pinochet, que sobrevivió mucho tiempo al régimen que la creó. En la década de 2000, la ley se utilizó contra líderes y activistas mapuches que luchaban por recuperar sus territorios ancestrales. En 2014, la Corte Interamericana de Derechos Humanos falló en contra de Chile por el caso de ocho personas que habían sido condenadas en virtud de dicha ley, al constatar que su aplicación a las protestas mapuches había dado lugar a diversas violaciones de derechos.

La realidad política que nos rodeaba no era distante ni histórica.

Algunas partes del sur de Chile están en estado de excepción desde 2022. La información procedente de la región describe patrullas militares, redadas policiales, enfrentamientos, largas penas de prisión, ataques contra la propiedad y comunidades que viven sumidas en un ciclo cada vez más intenso de resistencia y represión. También revela que el movimiento mapuche no es políticamente homogéneo: mientras algunos continúan con las ocupaciones territoriales y la confrontación directa, los más jóvenes recurren cada vez más al uso de la ley, el ámbito académico, las campañas medioambientales y otras formas de defensa de sus derechos.

No existe una única voz mapuche, al igual que no existe una única estrategia política indígena. Pero esta complejidad no debe servir de excusa para la indiferencia.

Un fanzine elaborado por la comunidad mapuche lista a más de cien personas a las que considera presos políticos. Denuncia que están dispersos por diferentes centros penitenciarios, lejos de sus familias y comunidades, una situación que se ve agravada por las restricciones a la organización colectiva y a las prácticas espirituales. Estas afirmaciones ofrecen una visión del encarcelamiento desde dentro del movimiento, en lugar de a través del lenguaje del Estado.

El fanzine presenta la larga sucesión de nombres ordenados por centro penitenciario y región. El efecto visual es difícil de ignorar. Antes de que el encarcelamiento se convierta en un argumento, una política o una categoría de análisis académico, es una lista de seres humanos.

El congreso la NAISA no pasó por alto el tema. El evento incluía una mesa redonda sobre el encarcelamiento de los indígenas y la política penitenciaria en Chile, y el tema del encarcelamiento político también salió a colación en otros momentos. Eso era importante. Pero la carta abierta planteaba una cuestión diferente: ¿qué significaría que esos nombres fueran algo más que un tema de debate académico? ¿Qué debería quedar —si es que debiera quedar algo— una vez terminado el congreso?

Los autores no les pidieron a los delegados extranjeros reunidos en Wallmapu que marcharan hacia Santiago ni que resolvieran la lucha mapuche. Su petición era más modesta, aunque en cierto sentido más exigente. Querían que reconociéramos la violencia institucional y el racismo que, a su juicio, subyacen al trato que reciben las comunidades y los acusados mapuches. Nos pidieron que adoptáramos una postura ética. La neutralidad, en un contexto así, no es la ausencia de política, sino una decisión política.

La voz de los mapuches nunca estuvo ausente. Pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿qué se permiten escuchar las instituciones? ¿Acaso lo que escuchan se convierte en un susurro una vez que el encuentro termina?

La pregunta me alcanzó

La NAISA creó un espacio en el que se pudieran plantear muchas de estas cuestiones. El congreso reunió a indígenas intelectuales, artistas, estudiantes y miembros de la comunidad de distintos continentes para entablar un diálogo. Esos encuentros son importantes, sobre todo en un momento en el que las universidades, los gobiernos y los mercados siguen mermando la soberanía indígena.

Pero la carta abierta me hizo pensar que la cuestión iba más allá de la inclusión, e incluso más allá de la exigencia de una respuesta. La pregunta era si un encuentro como este podía transformar, aunque fuera parcialmente, las instituciones que lo hacían posible.

La cuestión más espinosa ya no era si se había incluido al pueblo mapuche. Era evidente que sí. Tampoco si el congreso había abordado el colonialismo, la expropiación, el encarcelamiento o el territorio. Sí que lo había hecho. Lo que no logré aclarar fue si escuchar esas demandas podía producir alguna transformación más allá del encuentro: en las relaciones que la institución sostenía, en las obligaciones que reconocía y, quizá, en la manera en que entendía su propio papel después de abandonar Wallmapu.

Por lo tanto, la carta planteaba una pregunta no solo para la NAISA, sino para todas las universidades, revistas, fundaciones, museos y congresos que reivindican la descolonización: ¿qué ocurre cuando responder no basta? ¿Lo que se ha escuchado puede transformar también a la institución que escucha?

Al volver de Temuco, planteé una versión de esa pregunta a la dirección de la NAISA. Pregunté si la asociación había tomado medidas concretas, antes o después del encuentro, para abordar las luchas mapuches y si se mantendría algún compromiso institucional más allá del congreso.

El presidente de la NAISA, Luis Cárcamo-Huechante, me dio una respuesta clara. Me dijo que la asociación había cumplido su cometido al convertir el congreso en un espacio abierto a los miembros de la NAISA y a las comunidades mapuches. Correspondería ahora a cada uno establecer colaboraciones más específicas y esperaba que muchas de las relaciones que se habían iniciado en Wallmapu continuaran después del encuentro.

Desde Wallmapu, sin embargo, escuché otra manera de entender esa continuidad. El lonko Héctor Aillapan Ñanculef valoró profundamente el encuentro por haber reunido a pueblos indígenas de distintos lugares y por haber permitido compartir y dejar registro de conocimientos transmitidos durante generaciones. Pero situó esa experiencia dentro de una historia mucho más larga de presencia mapuche, colonización, expropiación territorial y militarización. En su opinión, la relación que creó el encuentro no debería terminar con él, sino que la NAISA debería mantenerse “ética y políticamente vinculada con Wallmapu vivo” y, así, “entre ambas partes nos ayudaremos”.

Su formulación me llamó la atención por una razón particular: no planteaba una relación unilateral de ayuda, sino de reciprocidad. La institución no aparecería como salvadora de un territorio, sino como parte de una relación que, una vez creada, implica responsabilidades para ambos lados.

Las respuestas no resolvieron la pregunta; la desplazaron. Tal vez había estado pensando demasiado en términos de inclusión y responsabilidad: quién había sido invitado, quién había escuchado, quién debía responder después. Pero responder no es necesariamente transformarse. Una institución puede escuchar, contestar e incluso crear nuevas relaciones sin alterar las estructuras mediante las cuales produce conocimiento, establece sus prioridades o decide dónde terminan sus obligaciones.

La pregunta más difícil que me planteaba Wallmapu era: ¿qué tendría que cambiar dentro de una institución para que aquello que escucha fuera capaz de transformarla?

Entonces, la cuestión no sea si la continuidad es importante, sino qué tipo de continuidad puede y debe reivindicar como propia una asociación.

La pregunta me alcanzó personalmente. Lo que Wallmapu me pidió a mí, y quizá a todos los allí reunidos, no fue que aceptáramos la culpa, sino que asumiéramos lo que nuestra presencia había generado y las obligaciones que nacían de ella.

No soy mapuche. No puedo hablar desde dentro de su historia colectiva, y unos pocos días en Temuco no me otorgan ninguna autoridad sobre su lucha. Mi legitimidad no proviene de presentarme como alguien cercano a ese sufrimiento. Proviene —si es que proviene de algo— de ser sincero respecto a los límites de mi postura y de permitir que lo que encuentro cambie las preguntas que planteo.

Escuchar también significaba permitir que la respuesta de la institución alterara el razonamiento que había empezado a formular, en lugar de buscar esa respuesta únicamente para confirmar una conclusión a la que ya había llegado.

Llegué preparado para hablar de la Amazonía. Llevo años aprendiendo de comunidades indígenas y tradicionales cuyas vidas están amenazadas por las economías extractivas, el abandono del Estado, la violencia y la persistente transformación de sus territorios en mercancías.

Pero quizá la familiaridad también pueda convertirse en un peligro. Empezamos a reconocer patrones tan rápidamente que dejamos de prestar atención a las diferencias. Vemos “otra lucha indígena”, “otro conflicto por la tierra”, “otro caso de criminalización”. El reconocimiento puede convertirse en sí mismo en una forma de distancia.

El Slow Seeing, la práctica que propongo en mi trabajo, me exige —nos exige— algo más. Nos pide que guardemos silencio un momento antes de poner nombre a las cosas, que escuchemos antes de traducir y que nos resistamos a convertir la realidad de otras personas en una confirmación de lo que ya creemos.

En Temuco, esto significó comprender que Wallmapu no era un ejemplo ilustrativo de un argumento que yo había traído de la Amazonía. Presentaba sus propias exigencias.

El lonko Héctor Aillapan Ñanculef frente a la ruka Mapuche en el Campus Norte de la Universidad Católica de Temuco. Temuko, Wallmapu, Chile, julio de 2026. Foto: Marcos Colón.

¿Qué debería quedar después de que nos hayamos ido?

Un congreso académico no puede resolver un conflicto territorial que se ha desarrollado a lo largo de generaciones ni puede hablar en nombre de comunidades que no comparten una única voz. Los investigadores tampoco deberían hacer declaraciones sin escuchar atentamente a quienes vivirán con las consecuencias.

Pero esas limitaciones no eliminan una cuestión más compleja: ¿cómo debería transformar a una institución aquello que ha decidido escuchar?

El encuentro de Temuco demuestra que la participación, las visitas a los territorios y el diálogo son posibles. La cuestión es qué viene después. Una asociación puede crear mecanismos que permitan que las comunidades identifiquen qué formas de participación continuada pueden ser útiles. Puede prestar apoyo a la traducción, los medios de comunicación locales, los archivos, los foros públicos, los desplazamientos, la asistencia jurídica u otras prioridades, siempre y cuando sean las propias comunidades afectadas quienes hayan expresado que esas son sus prioridades. También puede volver a abordar públicamente los compromisos y las relaciones que surgieron del encuentro y preguntarse qué es lo que ha perdurado.

Lo más importante es que la relación no debería desaparecer simplemente porque los visitantes lo hagan.

Con demasiada frecuencia, la presencia académica es temporal mientras que la extracción de conocimiento es permanente. Llegamos, aprendemos, citamos, publicamos y seguimos adelante. La comunidad recibe reconocimiento, pero no necesariamente reciprocidad.

Aquí hay un parecido con el periodismo que he criticado a lo largo de mi carrera. El periodismo entra a menudo en la Amazonía durante una catástrofe: un incendio, un asesinato, una invasión, unas elecciones, una cumbre del clima. Los periodistas recopilan las pruebas visibles de una crisis y se marchan antes de comprender las relaciones que la produjeron.

La academia puede seguir el mismo patrón a un ritmo más lento.

El tiempo, por sí solo, no descoloniza una práctica. Un congreso puede durar varios días y, aun así, no permanecer. Un proyecto de investigación puede prolongarse durante años y seguir tratando a una comunidad simplemente como material de estudio. La cuestión esencial no es solo cuánto tiempo nos quedamos, sino qué relaciones y obligaciones perduran tras nuestra partida.

Vista aérea desde el sector de Salto La China, en Palguín Alto, con la cascada en primer plano y el Volcán Quetrupillán al fondo, en el sur de la región de La Araucanía, territorio ancestral mapuche (Wallmapu). Chile, julio de 2026. Foto: Marcos Colón.

El territorio permanece

Cuando termina la última mesa, un congreso comienza a desaparecer. Se vacían las salas. Se guardan las acreditaciones. Se cierran las maletas. Los visitantes se dirigen al aeropuerto o a la estación de autobuses con libros, fotografías, contactos e ideas. Lo que parecía un mundo intelectual con entidad propia se disuelve de nuevo en la rutina de las universidades y los hogares de otros lugares.

Wallmapu no desaparece con nosotros.

Sus ríos permanecen. Sus bosques permanecen. Sus comunidades, prisiones, memorias, desacuerdos, ceremonias y reivindicaciones permanecen. La lucha por lo que significa la tierra continúa mucho después de que el lenguaje académico sobre el territorio haya abandonado la sala.

Llegué a Temuco para hablar de “otros posibles”. Creía que esas posibilidades podrían encontrarse en los conocimientos que atesoran los pueblos amazónicos: en su relación con los bosques y los ríos, y en su negativa a aceptar la explotación extractiva como el único futuro posible.

Sigo creyéndolo.

Pero Wallmapu me enseñó que “otros posibles” no pueden existir solo como ideas. Deben convertirse en relaciones, decisiones y formas de responsabilidad. Sin esa responsabilidad continuada, incluso el lenguaje de la descolonización corre el riesgo de convertirse en otra posesión: algo que las instituciones se llevan de los territorios indígenas sin aceptar las obligaciones que esos territorios puedan imponerles.

Llegué preparado para hablar de escuchar.

Me marché preguntándome si estamos dispuestos a dejarnos transformar por lo que escuchemos. Escuchar no basta si el encuentro no transforma a quien escucha ni a la institución desde la que escucha.

MARCOS COLÓN es profesor adjunto de Medios de Comunicación y Comunidades Indígenas de la Iniciativa de las Tierras Fronterizas del Suroeste en la Escuela Walter Cronkite de Periodismo y Comunicación de Masas de la Universidad Estatal de Arizona. Es editor y fundador de Amazônia Latitude, una revista digital sobre medioambiente. Ha dirigido dos largometrajes documentales sobre la relación de la humanidad con el mundo natural, Más allá de Fordlândia (2018) y Pisar suavemente en la tierra (2022), es autor de La Amazonía en tiempos de guerra (Planeta, 2025) y organizador de Utopias amazônicas (Ateliê, 2025).


Texto y fotos: Marcos Colón
Edición: Marcos Colón
Edición fotográfica: Fabrício Vinhas
Verificación de datos: Juliana Carvalho
Traducción al español: Merixtell Almarza
Coordinación del flujo de trabajo editorial: Marcos Colón
Dirección editorial: Marcos Colón

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