COP26 y las desconexiones cognitivas

Ativista Greta Thumberg sentada

Al embarcar el miércoles (03) de Londres a Glasgow, era posible contemplar afuera de las puertas, carteles en estaciones y calles vendiendo la COP26 de moda, como la “última mejor oportunidad de salvar el planeta”. Sin embargo, frete al slogan, nos falta saber: ¿salvarlo de quién? y ¿para quién? Lejos de los focos de las deseadas Zonas Verde y Azul, la realidad que se presenta en las calles es distinta y reverberan los clamores por cambios climáticos más eficaces.

Vale apuntar: la Zona Azul está destinada a personas registradas en el evento de la ONU, encargada de coordinar la respuesta global a la amenaza de los cambios climáticos; la Verde, donde suceden las tiendas de trabajo, presentaciones y exposiciones de arte, está dispuesta para el público en general.

Las protestas organizadas por el Friday for Future (05), y encabezadas por pueblos indígenas de diferentes países, reunió cerca de 25 mil estudiantes y activistas ambientales y preparó el terreno para la marcha del día siguiente, que levantó la bandera de la “justicia climática” y reunió más de 100 mil personas que enfrentaron el fuerte viento frío y la humedad del “dreich”, como lo llaman los escoceses – un día sin luz, calor y color.

Protesto em Glasgow. Homem com placa Climate Justice, justiça climática

Protesta en Glasgow durante la COP26. (Marcos Colón/Amazônia Latitude)

No obstante, los ecos de las calles rompieron no sólo el silencio de esas áreas restringidas, a las que pocos tienen acceso, sino que llevó hacia las avenidas una multitud multifacética, que será recordada por redefinir el dreich escocés.

Las dos marchas pudieron romper esa evidente desconexión cognitiva de la COP26, la que carga la ilusión fundamental de que los problemas ambientales del planeta serán resueltos “en la fuerza económica”: las tales inversiones financieras, recursos tecnológicos y científicos, pero sin tener efectivamente en consideración el papel de la naturaleza y de los pueblos que habitamos los biomas más amenazados.

Dentro de salas restringidas y ambientes controlados la propalada salvación del planeta se va transformando en el más nuevo producto a ser vendido por las mismas empresas que destruyen el planeta. Agregar valor, producir innovación, la más nueva tecnología parecen ser los mantras de quien ya percibió, pero sin importarle demasiado, que la concepción del mundo detrás de todas esas ideas llamadas nuevas, es lo que nos está llevando al colapso.

¿Cómo nos atrevemos a proponer cualquier posibilidad de una pretendida “salvación del planeta”, cuando excluimos de la mesa de negociaciones escuchar a los representantes de los países más afectados por la crisis climática, sean ellos de Brasil, de países latino-americanos, caribeños y africanos, además de miembros de la sociedad históricamente silenciados o ignorados? Tal postura de exclusión permite menos fiscalización y presión por parte de las delegaciones ausentes, dejando a los gobiernos el poder de decisión a puertas cerradas.

Esta conveniente omisión llega en la forma de restricciones sanitarias, financiera o simplemente por la falta de acceso a las zonas oficiales de discusión.

¿Será la COP26 sólo un paliativo de los tomadores de decisiones para enfriar los ánimos de una comunidad global más preocupada, que demanda acciones cando esta misma elite política y económica no consigue siquiera enfriar las alardeadas consecuencias de la irreversible crisis climática?

En un evento organizado en el The New York Times Climate Hub, la actriz británica Emma Watson, las activistas Malala Yousafzai, Greta Thunberg, Amanda Gorman, Vanessa Nakate, Tori Tsui, Dominique Palmer, Ati Gunnawi, Viviam Misslin Izquierdo, Mya-Rose Craig y Daphne Frias, se reunieron para discutir el poder del activismo climático.

Durante su intervención, Greta Thunberg afirmó su escepticismo en relación a la plataforma y declaró que es necesario crear consciencia para que las personas alrededor del mundo sepan lo que está y lo que no está sucediendo en estas conferencias.

“Es necesario poner una presión maciza desde fuera sobre ellos, porque si no van a continuar zafándose con el ‘blá-blá-blá’ y no van a hacer nada realmente útil […] Estamos muy lejos de lo que realmente será necesario, pienso que lo que podría ser considerado un suceso, sería si las personas percibieran el fracaso de esta COP26”.

Las voces que se levantan fuera de los ambientes restringidos y toman las calles de Glasgow son las voces de aquellos que, por milenios, han sabido convivir y comprender la tierra como un sistema vivo. Pero además de la transformación de todo en mercancía, hasta la de nuestra extinción, esas voces apuntan hacia otras direcciones, otras conexiones, otras ideas, otros mundos posibles, absolutamente distintos, de los ofrecidos por la COP26.

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Marcos Colón é doutor em estudos culturais pela Universidade de Wisconsin-Madison, professor do Departamento de Línguas Modernas e Linguística da Universidade Estadual da Flórida e diretor do documentário “Beyond Fordlândia”.

 
 

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