Heredofascismo
Cuando la política de la ruina se convierte en herencia

El heredofascismo de la familia Bolsonaro amenaza el sistema respiratorio del planeta. Flávio Bolsonaro viste una camiseta com la leyenda
“La Amazonia es nuestra” mientras negocia minerales críticos y poder sobre la política de seguridad interna nacional con Estados Unidos.
Crédito: Raimundo Paccó/Sumaúma.
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En 2018, antes de que Jair Bolsonaro llegara a la presidencia de Brasil, escribí que el fascismo medioambiental se cernía sobre la Amazonia. Me equivoqué: no se limitó a la Amazonia, sino que gobernó Brasil y todo el país vivió bajo su sombra.
Jair Bolsonaro no puede presentarse a las elecciones brasileñas del próximo domingo, 4 de octubre. Cumple una condena de 27 años por intentar dar un golpe de Estado el 8 de enero de 2023, día en que sus seguidores irrumpieron en el Palacio de Planalto, el Congreso y el Tribunal Supremo, en Brasilia, mientras él, convenientemente, se encontraba en Florida.
Así que ha enviado a su hijo en su lugar.
Flávio Bolsonaro hizo campaña en la ciudad de Altamira, en el norte de Brasil, con la Amazonia estampada en el pecho: “La Amazonia es nuestra”, rezaba la camiseta azul que llevaba cuando llegó a uno de los territorios más disputados de la Amazonia brasileña, donde algunos de los bosques continuos más extensos que quedan conviven con el robo de tierras públicas, la minería y una frontera en expansión dedicada a la ganadería y el cultivo de soja. Junto a los intereses de la agroindustria se encuentran las iglesias neopentecostales, la otra fuerza motriz de su campaña, como lo fue en la de su padre.

En un posible escenario de segunda vuelta, las elecciones de 2026 en Brasil conllevan decisiones importantes para América Latina. Las encuestas revelan que el 46 % de los brasileños teme el regreso de la familia Bolsonaro al poder. Foto: Raimundo Paccó/Sumaúma.
“La Amazonia es nuestra”. Esta frase hay que leerla despacio. No es un compromiso para proteger la Amazonia: es una reivindicación de propiedad, es la dinámica de la explotación travestida de nacionalismo. Y la primera pregunta que plantea no la responderán las elecciones: ¿a quién se refiere exactamente el pronombre “nuestra”?
A 30 de septiembre, los sondeos no muestran una ventaja clara entre Flávio Bolsonaro y Lula. AtlasIntel/Bloomberg sitúa a Flávio en el 47,7% y a Lula en el 47,6% en un escenario de segunda vuelta, mientras que otros sondeos recientes otorgan a Lula una estrecha ventaja numérica. Las diferencias se mantienen dentro de los márgenes de error. A efectos prácticos, están empatados. Y lo que está en juego en estas elecciones no es simplemente un candidato, sino una herencia. Lo que encierra esa herencia es una de las cuestiones más trascendentales a las que se enfrentan no solo Brasil, sino también América Latina y, de hecho, el mundo entero.
La herança de Jair
Durante los cuatro años de gobierno de Jair Bolsonaro (2019-2022), se talaron más de 2.000 millones de árboles en la Amazonia. Solo en el Medio Xingú se perdieron unas 684.000 hectáreas de selva, lo que supone la mayor concentración de destrucción forestal en esa región desde 2008. Durante esos cuatro años, 570 niños yanomamis menores de cinco años fallecieron por causas evitables, lo que supone un aumento del 29%. A principios de 2020 los profesionales sanitarios ya habían advertido al Gobierno de Bolsonaro que la minería ilegal estaba invadiendo las comunidades yanomamis, propagando la violencia, la malaria, el alcohol y las drogas. No obstante, 795 indígenas fueron asesinados de forma violenta entre 2019 y 2022, un 54% más que durante los cuatro años anteriores. Y casi 800.000 brasileños murieron por el covid-19 mientras el presidente se burlaba del virus, promovía tratamientos sin eficacia demostrada y desmantelaba sistemáticamente la infraestructura de sanidad pública que podría haberles salvado la vida.
Intenté documentar ese período en el libro La Amazonía en tiempos de guerra (Planeta, 2025). El título no pretendía ser metafórico. La Amazonia se había convertido en un territorio donde las decisiones políticas que se tomaban en Brasilia se traducían en trágicas consecuencias para la selva, los ríos y las personas.
Ahora otro Bolsonaro es candidato a la presidencia de Brasil. Pero no creo que el término “fascismo medioambiental” abarque este momento ni la tragedia que se desatará si gana las elecciones. Algo ha cambiado, pero no para mejor.
Yo lo llamo heredofascismo, del latín hereditas, que significa “herencia”, algo que se transmite de generación en generación. El heredofascismo es la herencia no solo de un apellido, sino de todo un ecosistema político autoritario, toda una infraestructura que incluye a los votantes, las iglesias, las figuras influyentes, los grupos de interés de la agroindustria, las redes de comunicación, los símbolos, los mártires, los enemigos, los recuerdos, el vocabulario electoral y la predisposición belicosa y letal que el bolsonarismo tardó cuatro años en construir dentro de las instituciones brasileñas.
La continuidad de Flávio
Flávio Bolsonaro no tiene que convertirse en una réplica de su padre para que esa estructura pueda gobernar. De hecho, puede que la replicación no sea necesaria.
Esta es la diferencia más importante entre 2018 y 2026. Jair Bolsonaro se presentó como una ruptura, mientras que Flávio puede presentarse como una continuidad. Y la continuidad es menos espectacular y, precisamente por eso, tenemos que prestar atención. Lo que la primera vez conmociona a una democracia puede parecernos normal la segunda vez, y lo que antes se consideraba políticamente inaceptable pasa a formar parte del vocabulario cotidiano y se infiltra en la vida pública disfrazado de costumbre, hábito y vigilancia frente a la resistencia. Lo radical se convierte en rutina. El heredofascismo, en este sentido, no es el retorno del autoritarismo, sino el autoritarismo que hereda un hogar.

Para gobernar, Flávio Bolsonaro no necesita convertirse en una réplica de su padre. Se presenta como una continuidad de un radicalismo que se normaliza cada vez más, ya que se infiltra en la vida pública disfrazado de costumbre. Foto: Raimundo Paccó/Sumaúma.
La diferencia entre la herencia y la repetición no es el destino, ya que ambas conducen al mismo desenlace destructivo, sino lo que hace que la segunda vez sea más peligrosa que la primera. La repetición debe superar la resistencia y sacudir el sistema una vez más, pero la herencia no encuentra tal fricción: las instituciones ya están debilitadas, el vocabulario ya se ha normalizado y lo radical ya se ha convertido en rutina. No siendo el padre, al hijo le basta con gobernar lo que recibió en herencia. Y gobernar un aparato ya construido exige mucha menos violencia que construirlo desde cero.
El legado de Altamira
Fíjense en lo que revela la campaña de Altamira.
La promesa de regularizar la adquisición irregular de terrenos es una promesa para legalizar el robo de terrenos. La promesa de abrir los ríos amazónicos a concesiones privadas es una promesa para convertirlos en rutas, autopistas, vías navegables y puertos diseñados para transportar materias primas desde el interior de la Amazonia hasta los mercados internacionales, atravesando territorios que deben vaciarse para que puedan pasar los cargamentos.
La terminal granelera de Cargill en Santarém, por ejemplo, se construyó en 1999 en una playa indígena sagrada llamada Vera Paz, sin licencia medioambiental. Desde entonces, el cultivo de soja en la región circundante ha crecido un 34.442%, mientras que los casos de contaminación por pesticidas han aumentado un 545% en cinco años. Las muertes por enfermedades del sistema nervioso en el municipio de Belterra aumentaron un 667% entre 2011 y 2020. A principios de 2026, a una profesora que denunció el envenenamiento de unos escolares la trasladaron de colegio sin previo aviso. “La Amazonia es nuestra”, proclama la camiseta de Flávio Bolsonaro. Hace veinticinco años que Cargill se instaló en la región y los resultados ya se pueden medir en cuerpos.
Por eso, más de 1.200 indígenas pertenecientes a 14 pueblos indígenas ocuparon la terminal portuaria de Cargill durante 33 días para exigir la anulación del decreto federal que privatizaría tres de los principales ríos de la Amazonia: el Tapajós, el Tocantins y el Madeira. El acondicionado de los ríos para el tráfico comercial a una escala mayor implicaba hacer dragados, con los correspondientes impactos socioambientales. Cuando el Gobierno brasileño suspendió la licitación para el proyecto de dragado pero se negó a revocar el decreto, los manifestantes se quedaron allí. Cuando Flávio Bolsonaro promete liberar a los productores de la opresión del Estado, lo que realmente está prometiendo es llevar a término lo que el decreto ya había iniciado.

Para Estados Unidos, Flávio Bolsonaro promete alianzas que comprometen los minerales críticos de la Amazonia y otorga al gobierno extranjero el poder de definir la política de seguridad interna brasileña. Foto: Instagram de Flávio Bolsonaro/Reproducción.
En mayo de 2026, Flávio Bolsonaro voló a Washington para reunirse con Donald Trump. Al mandatario estadounidense le pidió que declarara grupos terroristas a las mafias del crimen organizado de Brasil, lo que equivalía a invitar a un gobierno extranjero a definir la política de seguridad interior brasileña. Por su parte, le prometió que Brasil se adheriría al Escudo de las Américas, una alianza regional de cooperación militar contra el narcotráfico liderada por Estados Unidos. También le propuso una alianza estratégica a largo plazo en torno a las tierras raras y los minerales críticos de Brasil. El país cuenta con algunas de las mayores reservas mundiales de estos materiales, como el litio, el niobio, el manganeso y elementos de tierras raras, que impulsan la transición energética y las cadenas de suministro del sector de defensa del siglo XXI. Flávio se las está ofreciendo a Washington. El padre vendió la selva; el hijo está vendiendo lo que hay debajo.
Después de Altamira, Flávio Bolsonaro se dirigió a Belém. La campaña evangélica en la capital del estado de Pará —los pastores, el discurso de la guerra espiritual, las creencias punitivas radicales que se presentan como salvación— representa esa misma fusión entre la autoridad religiosa y la política extractiva que, en toda América Latina, ha demostrado ser una de las herramientas más eficaces para desmantelar los derechos territoriales de las comunidades indígenas y los pueblos afrodescendientes. Cuando Flávio les dice a los líderes evangélicos de Belém que la política es una guerra espiritual, no está hablando en sentido figurado. Describe una cosmología en la que la selva y sus pueblos obstaculizan el progreso y, por lo tanto, deben ser apartados del camino, tal y como hizo en su día la “caballería estadounidense”, según palabras textuales de su padre.

Flávio Bolsonaro utiliza el discurso de la guerra espiritual, presentando las creencias punitivas radicales como salvación y reproduciendo el autoritarismo religioso que desmantela los derechos territoriales en América Latina. Foto: Marcio Nagano/Sumaúma.
Cambio continental
El patrón es continental. Antes de la reelección de Trump predije lo que su regreso significaría para la Amazonia y su gente. Ese análisis resultó acertado en casi todos los aspectos, incluyendo el abandono de los compromisos climáticos multilaterales, la luz verde a las industrias extractivas y la señal enviada a los gobiernos de derecha de toda América Latina de que la gobernanza medioambiental era opcional y los derechos de los pueblos indígenas eran negociables. El segundo mandato de Trump no solo afectó a Estados Unidos, sino que reestructuró la geopolítica de la extracción en todo el continente americano. Una presidencia de Flávio Bolsonaro transmitiría el mismo mensaje desde el sur.
La clave para entenderlo está en una realidad ineludible: Brasil es la Amazonia. La Amazonia, tal y como se define legalmente, abarca casi el 59% del territorio brasileño. El presidente que gobierne Brasil gobernará el sistema respiratorio del planeta. Y o bien gobierna junto a los pueblos que han sido los guardianes de ese sistema durante 10.000 años, o bien gobierna contra ellos. No hay una postura neutral. La historia de la última década lo ha dejado claro.
Los últimos sondeos revelan que el 46% de los brasileños afirman temer más el regreso al poder de la familia Bolsonaro que la continuidad del Gobierno de Lula. El 40% opina lo contrario. El país, que acudirá a las urnas el domingo 4 de octubre, debe elegir entre dos futuros, aunque uno ya forma parte del pasado reciente: un pasado reciente marcado por cientos de miles de muertes por Covid-19, muchas de ellas evitables, que convirtió a Manaos en el laboratorio de un trágico y macabro experimento durante la pandemia de COVID-19 y que encierra el deseo de restablecer el Brasil colonial, con todas sus catastróficas consecuencias.

Durante la pandemia de COVID-19, Manaus se convirtió en el laboratorio de un experimento trágico y macabro. La capital amazónica vivió el colapso hospitalario, la falta de oxígeno y la mortalidad masiva. Foto: Edmar Barros/Amazônia Latitude.
Heredofascismo
Hay algo que quedó claro tras la ocupación del Tapajós y que merece ser dicho sin rodeos. El actual Gobierno de Luiz Ignácio Lula da Silva, respaldado por una amplia alianza que incluye, sorprendentemente, a antiguos aliados del Gobierno de Bolsonaro, no ha logrado desmantelar esa misma lógica mercantilista, esa misma economía política que trata los ríos como autopistas y la selva como reservas de recursos comercializables. El heredofascismo no es más que la expresión más extrema de esa lógica. La Amazonia nos obliga a escudriñar cualquier proyecto político que considere los ríos como corredores de exportación, los bosques como reservas y los territorios indígenas como espacios a la espera de su integración económica. Esto ya no es una cuestión política. Es una cuestión que afecta a la supervivencia de todos nosotros.
El heredofascismo no necesita que un padre se presente a las elecciones. Solo necesita el nombre, la red, la camiseta y la promesa de que la extracción continuará, incluso más rápida, sin el inconveniente de las leyes diseñadas para frenarla.
En 2018, quienes temían las consecuencias de un gobierno de Bolsonaro tenían la mirada puesta en algo que aún no había sucedido. Ocho años después, las predicciones resultan menos útiles que la memoria y los hechos. Tenemos imágenes por satélite, documentos oficiales, investigaciones, testimonios, deforestación, fosas comunes. La historia rara vez vuelve con el mismo ropaje. Por eso, la herencia es más difícil de reconocer que la repetición.
La repetición se anuncia. La herencia ya vive en casa.
La Amazonia no es nuestra. Nunca lo ha sido. Pertenece a los pueblos que la hicieron, la defendieron y han estado enterrando a sus hijos en ella mientras el mundo debate los objetivos climáticos. Si se tratara simplemente de una repetición, sería más fácil rechazarla. Ya lo hemos hecho antes. El peligro del heredofascismo es que no necesita que lo reconozcamos; solo necesita que lo aceptemos como algo que ya nos es familiar.
Lo que le suceda a la Amazonia si Flávio Bolsonaro gana el 4 de octubre será la culminación de una catástrofe: la segunda bomba en lo que se conoce como un ataque de “doble golpe”, que se lanza para matar a quienes habían acudido a rescatar a las víctimas. El experimento ya se llevó a cabo y se han publicado los resultados. La única pregunta es si Brasil —y una América Latina que observa atentamente— decide que merece la pena repetirlo.
Los presidentes gobiernan durante cuatro años. La selva sigue un ritmo diferente. Una carretera construida a través de territorio indígena, un río privatizado para exportar materias primas, una selva convertida en pastos, un pueblo expulsado de sus tierras ancestrales: estos hechos no se rigen por los calendarios electorales.
No es una cuestión de credulidad. Ya lo han hecho una vez y ya han dicho que lo volverán a hacer. Es una herencia que estamos obligados a rechazar.
Pero las encuestas confirman lo que el bosque ya sabe: hay momentos en que el mundo entero contiene la respiración — y reza para que no se detenga.
Marcos Colón es profesor adjunto de Medios de Comunicación y Comunidades Indígenas de la Iniciativa de las Tierras Fronterizas del Suroeste en la Escuela Walter Cronkite de Periodismo y Comunicación de Masas de la Universidad Estatal de Arizona. Ha dirigido dos largometrajes documentales sobre la relación de la humanidad con el mundo natural, Más allá de Fordlândia (2018) y Pisar suavemente en la tierra (2022), es autor de La Amazonía en tiempos de guerra (Practical Action Publishing & Latin America Bureau, 2024; publicado en español como La Amazonía en tiempos de guerra, Planeta, 2025) y organizador de Utopias amazônicas (Ateliê, 2025).
Traducción para el castellano: Meritxell Almarza
Montaje de página y finalización: Juliana Carvalho
Director Editorial: Marcos Colón
