La Amazonía es una capital climática sin país
Frente al vacío de liderazgo global, la verdadera política climática no nace en las cumbres institucionales, sino en los territorios en resistencia

Conectarse con los territorios de la vida: el bosque como un cosmos vivo y base de la verdadera política climática.
Foto: Archivo Mídia NINJA/Reproducción.
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¿La Amazonía puede convertirse en la nueva capital de la política climática mundial? Solo si dejamos de pensar que una capital climática tiene que ser otro Washington.
La Amazonía es fundamental para el metabolismo climático del planeta y esa importancia ecológica le confiere una relevancia geopolítica ineludible. La Amazonía puede ser una capital de representación climática, pero para que se convierta en una capital de políticas climáticas transformadoras hay que escuchar a sus pueblos.
La Panamazonía es un sistema vivo que trasciende fronteras nacionales, se extiende por ocho países soberanos: Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, Guyana, Perú, Surinam y Venezuela, así como la Guayana Francesa, un territorio de ultramar de Francia. Solo la Amazonía Legal brasileña —región político-administrativa creada para planificar el desarrollo social y económico de la zona— abarca casi el 60% del territorio del país. En toda la región, más de 500 pueblos indígenas conviven con comunidades afrodescendientes, ribereñas, campesinas y otras comunidades tradicionales. Representan cientos de formas de habitar, percibir, interpretar e imaginar el mundo y, por lo tanto, diferentes concepciones de lo que pueden significar el territorio, el desarrollo, la prosperidad y la vida misma.
Los pueblos de la Amazonía ya están llevando a cabo otro tipo de diplomacia climática, una que no tiene cabida en ninguna de las mesas de negociación existentes.
Pensemos en lo que ocurrió a orillas del río Tapajós, en el estado brasileño de Pará. Los pueblos indígenas de toda la región, incluidas las comunidades mundurukús, ocuparon y bloquearon la terminal fluvial de la empresa agroindustrial estadounidense Cargill en Santarém. Se oponían a los planes de dragar el lecho del río y ampliar su uso para transportar soja y otras materias primas que se exportan a los mercados mundiales. También rechazaban un decreto federal que permitía la privatización de las vías navegables amazónicas. Tras 33 días de movilizaciones, el Gobierno brasileño revocó el decreto.
Esta resistencia defiende un territorio e interrumpe los circuitos materiales que provocan el colapso climático: la expansión de los monocultivos, la deforestación y la extracción.
Además, para los mundurukús, el río Tapajós —o Idixidi, el nombre originario y sagrado que le dan en su propia lengua— no es simplemente una infraestructura o un recurso natural. Es un antepasado y un participante activo en un cosmos vivo que comparten las personas, los peces, los animales, los bosques, las aguas y otros seres. Por lo tanto, defender el río significa algo más que conservar la naturaleza: significa proteger las relaciones y los flujos a través de los cuales se reproduce la vida misma.
Visto así, lo que ocurrió en el Tapajós también forma parte de la política climática, aunque rara vez se reconozca como tal. En lugar de preguntarse cuánto se pueden reducir las emisiones de carbono, se cuestiona qué relaciones entre la economía, el territorio y la vida deben protegerse para que siga habiendo un clima habitable.
Durante generaciones, los gobiernos han concebido la integración de la región panamazónica como una conexión transfronteriza física y económica, con autopistas, puertos, oleoductos, presas, vías navegables y corredores de materias primas. Con demasiada frecuencia, la integración ha consistido en conectar las zonas de extracción con mercados lejanos.
Pero imagínense una política climática que invirtiera esa geografía: que la integración comenzara por los ríos y las cuencas hidrográficas que conectan a los pueblos y los ecosistemas y conformaran corredores transfronterizos de continuidad cultural y ecológica. Los bosques no serían simplemente depósitos de carbono cuyo valor determinan los mercados mundiales, sino territorios vivos que hacen posible la vida. A estas posibilidades yo las denomino “utopías amazónicas”: futuros imaginados desde el interior de la selva, basados en el conocimiento ancestral y en relaciones que sustentan la vida en lugar de convertirla en una mercancía.

Conectarse con los territorios de la vida: el bosque como un cosmos vivo y la base de la verdadera política climática. Foto: Archivo Mídia NINJA/Reproducción.
Eso supondría conectar los territorios de la vida: tierras indígenas, comunidades afrodescendientes, bosques, ríos, cuencas hidrográficas, sistemas alimentarios y las comunidades humanas y no humanas que los sustentan.
El liderazgo climático de Estados Unidos se va desvaneciendo, pero los países amazónicos no tienen por qué ocupar el puesto que queda vacante en Washington. Quizás la próxima capital de la política climática no sea una ciudad, ni siquiera un país. Puede ser un territorio vivo y multilingüe capaz de enseñar a la política internacional algo que le ha costado mucho aprender: gestionar el clima significa, en última instancia, gestionar nuestras relaciones con los sistemas que hacen posible la vida.
Este texto fue publicado originalmente aquí.
Marcos Colón es profesor de Medios de Comunicación y Comunidades Indígenas de la Iniciativa de las Tierras Fronterizas del Suroeste en la Escuela Walter Cronkite de Periodismo y Comunicación de Masas de la Universidad Estatal de Arizona. Ha escrito, dirigido y producido los documentales Más allá de Fordlândia: un relato ambiental de la aventura de Henry Ford en la Amazonia (2018) y Pisando suavemente en la tierra (2022). Es autor del libro La Amazonía en tiempos de guerra (Planeta, 2025) y organizador del libro de ensayos Utopias Amazônicas (2025).
Traducción: Meritxell Almarza
Revisión, Montaje de página y finalización: Juliana Carvalho
Dirección: Marcos Colón
