La ciencia, el arma secreta de una comunidad indígena para defender la Amazonía

En las montañas ricas en cobre del sureste de Ecuador, el pueblo shuar combina conocimientos ancestrales y ciencia moderna para proteger la selva de un gigante minero canadiense

Vista da Amazônia equatoriana nas proximidades de Limón Indanza. Sob estas montanhas da Cordilheira do Cóndor, ricas em biodiversidade e conhecimento ancestral, escondem-se reservas de cobre cobiçadas por mineradoras multinacionais. Foto: Katie Surma/Amazônia Latitude.
Vista da Amazônia equatoriana nas proximidades de Limón Indanza. Sob estas montanhas da Cordilheira do Cóndor, ricas em biodiversidade e conhecimento ancestral, escondem-se reservas de cobre cobiçadas por mineradoras multinacionais. Foto: Katie Surma/Amazônia Latitude.
Vista da Amazônia equatoriana nas proximidades de Limón Indanza. Sob estas montanhas da Cordilheira do Cóndor, ricas em biodiversidade e conhecimento ancestral, escondem-se reservas de cobre cobiçadas por mineradoras multinacionais. Foto: Katie Surma/Amazônia Latitude.

Vista de la Amazonía ecuatoriana en las cercanías de Limón Indanza. Bajo estas montañas de la Cordillera del Cóndor, ricas en biodiversidad
y conocimiento ancestral, se esconden reservas de cobre codiciadas por mineras multinacionales. Foto: Katie Surma/Amazônia Latitude.

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Cuando Olger Kitiar llega a la cumbre, la camisa, empapada de sudor, se le pega a la espalda. Con la complexión robusta de un defensa de fútbol americano, se mueve por la selva tropical con un ritmo rápido y constante que desafía la empinada y resbaladiza subida. Entonces se queda paralizado. “Alto”, sisea, levantando la mano de golpe.

Jhostin Antún, que va unos pasos más atrás, se detiene en seco. Para alguien de fuera, lo que ven delante puede parecer solo barro amazónico removido: resbaladizo, marrón y lo suficientemente denso como para tragarse una bota. Pero los ojos de Olger, agudizados tras toda una vida en el territorio shuar de Maikiuants, lo han visto al instante. Se agacha y señala una profunda hendidura con cuatro huellas. Son recientes. Y enormes.

“Un jaguar”, susurra, con una sonrisa que se le dibuja en el rostro. La huella pertenece a un espécimen más grande que la hembra que había captado una cámara trampa en octubre, un mes antes. Los hombres fotografían la huella con cuidado, no como recuerdo, sino como prueba legal.

Jhostin Antún tira fotos de uma grande pegada de onça-pintada impressa na lama em uma trilha na Amazônia equatoriana, em 29 de novembro de 2025. Foto: Katie Surma/Amazônia Latitude.

Jhostin Antún toma fotos de una gran huella de jaguar impresa en el lodo en un sendero de la Amazonía ecuatoriana. Foto: Katie Surma/Amazônia Latitude.

Jhostin Antún registra a grande pegada de onça-pintada na lama em uma trilha na Amazônia equatoriana, em novembro de 2025. Foto: Katie Surma/Amazônia Latitude.

Jhostin Antún registra la gran huella de jaguar en el lodo, en noviembre de 2025. Foto: Katie Surma/Amazônia Latitude.

El pueblo de Maikiuants, en lo alto de la cordillera del Cóndor, en el sureste de Ecuador, cerca de la frontera con Perú, se encuentra sobre un terreno rico en cobre que ahora reclama Solaris Resources, una empresa minera canadiense que pretende abrir una mina a cielo abierto en esas montañas. Si el proyecto sigue adelante, la selva por la que caminan Jhostin y Olger —hogar de especies en peligro de extinción, cascadas, plantas medicinales, generaciones de conocimientos indígenas y seres aún por descubrir— podría verse alterada de forma permanente.

La presencia del jaguar tiene relevancia jurídica. En Ecuador, las especies en peligro de extinción —y la naturaleza en general— gozan de derechos legales. Para aprobar proyectos como la minería a gran escala, el Gobierno exige que se cumplan unos requisitos mucho más estrictos que los que requiere la legislación convencional.

Jhostin y Olger son paraecólogos, personas que documentan la vida en su territorio mediante conocimientos ecológicos ancestrales y métodos científicos. Colaboran con Ecoforensic, una organización sin ánimo de lucro que capacita a paraecólogos para recopilar información sobre el funcionamiento de los ecosistemas y los daños que sufren. Trabaja en lugares como Maikiuants: regiones con gran biodiversidad donde los datos científicos son escasos o inexistentes.

Os paraecólogos Olger Kitiar e Jhostin Antún verificam com entusiasmo uma câmera trap escondida na floresta, no território de Maikiuants. Foto: Katie Surma/Amazônia Latitude.

Los paraecólogos Olger Kitiar y Jhostin Antún verifican con entusiasmo una cámara trampa escondida en la selva, en el territorio de Maikiuants. Foto: Katie Surma/Amazônia Latitude.

Los datos que recogen los paraecólogos, como inventarios de especies y muestras de agua, en los tribunales se convierten en pruebas de peso. Y cada vez ganan más casos. En 2023, los paraecólogos comunitarios del valle de Intag contribuyeron a detener el proyecto de una mina gigante de cobre al documentar factores que amenazaban especies en peligro de extinción y que los estudios ambientales de la empresa no habían tenido en cuenta. La sentencia se basó en los derechos de la naturaleza, que se introdujeron en la Constitución ecuatoriana en 2008 y redefinieron el estatus jurídico de los ecosistemas: pasaron de ser considerados bienes u objetos —como un auto o un microondas— a ser sujetos vivos, con derecho a existir, regenerarse y mantener sus ciclos vitales. Desde entonces, los tribunales han aplicado en repetidas ocasiones estos derechos y han fallado a favor de bosques, ríos, ecosistemas marinos y animales salvajes, frustrando actividades extractivas a gran escala que, según los jueces, les causarían un daño irreversible.

Pero, como cualquier derecho, los de la naturaleza no son absolutos. Ecuador, uno de los países con mayor biodiversidad del mundo, también alberga enormes reservas de petróleo, cobre, oro y otros minerales. Los mercados globales los codician. Las multinacionales ansían explotarlos. Y un Gobierno con las arcas vacías está dispuesto a venderlos. Las disputas legales se intensifican.

Ecoforensic está contribuyendo a demostrar que los derechos de la naturaleza pueden plantar cara a esas fuerzas. El trabajo que se lleva a cabo en Maikiuants podrían ser la iniciativa más importante hasta la fecha. Para Jhostin, Olger y el resto de los 480 habitantes, lo que está en juego es su propia supervivencia. Proteger su territorio es proteger sus propias vidas: son la naturaleza protegiendo a la naturaleza. Si se destruye la selva, también se destruye a quienes viven en ella.

Victoria Tseremp, Isabel Ushap e Nancy Antún participam de uma sessão da Ecoforensic em Maikiuants, Equador. Foto: Katie Surma/Amazônia Latitude.

Victoria Tseremp, Isabel Ushap y Nancy Antún participan en una sesión de Ecoforensic en Maikiuants, Ecuador. Foto: Katie Surma/Amazônia Latitude.

Los habitantes de Maikiuants no emigraron a esa región. Son de allí. Todas las generaciones anteriores nacieron en esa tierra, una continuidad que, según Jhostin, de 21 años, sus abuelos le inculcaron como una responsabilidad. El mensaje de sus mayores era sencillo y claro: hay que defender este lugar. Ahora esa responsabilidad recae sobre él.

Por eso, los dos paraecólogos rodean con cautela las huellas del jaguar y siguen subiendo. Van en busca de una cámara trampa que está escondida en lo más profundo de la selva y hace semanas que graba en silencio. Están deseando ver qué ha captado.

Jhostin Antún, de Maikiuants, integra a nova geração de guardiões que utilizam a tecnologia do programa Ecoforensic para defender a Amazônia. Ele compõe a equipe que descobriu uma nova espécie de rã no território. Foto: Katie Surma/Amazônia Latitude.

Jhostin Antún integra a la nueva generación de guardianes que utilizan la tecnología del programa Ecoforensic para defender la Amazonía. Él forma parte del equipo que descubrió una nueva especie de rana en el territorio. Foto: Katie Surma/Amazônia Latitude.

Miles de concesiones mineras

Unos días antes, una camioneta blanca bajaba por la ladera que lleva a Maikiuants. Los limpiaparabrisas chirriaban constantemente al apartar las gotas de la densa niebla que se cerraba a su alrededor. En el interior, el ecologista británico Mika Peck frenó de repente para evitar un bache del tamaño de una bañera. Su esposa, Inde Kaur Hundal, tuvo que agarrarse con fuerza al asidero. Los cofundadores de Ecoforensic iban al pueblo a dar una buena noticia: la organización establecería una estación de investigación permanente en Maikiuants.

Habían pasado dos años desde que se reunieron por primera vez con los vecinos para hablar sobre Ecoforensic, en el centro comunitario donde reina un mural que representa a un guerrero shuar atravesando con una lanza a un colonizador. Los vecinos habían interrogado a la pareja durante más de una hora. Querían saber qué haría Ecoforensic con los datos que recopilarían los paraecólogos o si Peck y Hundal no eran simplemente otros forasteros que habían ido allí a extraer conocimientos para luego desaparecer. Pero, por encima de todo, querían saber cómo Ecoforensic podía ayudarlos a proteger su territorio.

El Gobierno ecuatoriano llevaba desde la década de 1990 dividiendo el territorio shuar en concesiones mineras, pero la amenaza no salía del papel. Hasta 2019, cuando Solaris Resources adquirió el proyecto Warintza. Desde entonces, la empresa ha mantenido una presencia constante en la región, rastreándola en busca de cobre y oro, al tiempo que intenta ganarse la confianza de las comunidades shuares que tendrían que desplazarse o se verían afectadas de alguna otra forma cuando sus montañas ancestrales quedaran reducidas a escombros.

Maikiuants es un bastión de resistencia. Pero, como todas las comunidades que se enfrentan a los gigantes de la industria extractiva, libran una batalla casi imposible al tener todo el poder financiero, político y jurídico en su contra. En la Amazonía ecuatoriana, así han funcionado las cosas con el petróleo durante décadas. Ahora la minería es la nueva frontera.

Um céu alaranjado paira sobre o centro de paraecologia na comunidade de Maikiuants. Foto: Katie Surma/Amazônia Latitude.

Un cielo anaranjado se cierne sobre el centro de paraecología en la comunidad de Maikiuants. Foto: Katie Surma/Amazônia Latitude.

Las leyes ecuatorianas sobre los derechos de la naturaleza ofrecen a las comunidades un nuevo y sólido fundamento jurídico, pero para ganar los juicios se necesitan pruebas ecológicas rigurosas. “Esa era precisamente la necesidad que Ecoforensic se propone cubrir”, explicó Peck a los vecinos de Maikiuants durante aquella primera reunión.

Peck y Hundal se inspiraron en una sentencia histórica sobre los derechos de la naturaleza que el Tribunal Supremo de Ecuador dictó en 2021, que definió cómo se pueden hacer valer estos derechos en Ecuador. La decisión se centró en Los Cedros, un bosque tropical húmedo premontano protegido. En 2016, el Gobierno le había otorgado a una empresa canadiense una concesión minera que abarcaba más de la mitad del bosque, a pesar de su condición de zona protegida. Los vecinos y los científicos impugnaron la autorización basándose en décadas de investigación ecológica.

Parte de esas pruebas procedían del trabajo de Peck. A través de un proyecto de paraecología que puso en marcha en 2005, investigadores locales documentaron la presencia de monos araña de cabeza marrón, una especie en peligro crítico de extinción, en la región. La iniciativa formaba parte de un registro científico más amplio que revelaba que en Los Cedros vivían más de 240 especies casi amenazadas, vulnerables, en peligro o en peligro crítico de extinción, muchas de las cuales no figuraban en los estudios de impacto ambiental que la empresa había utilizado para justificar sus operaciones. Esas pruebas fueron decisivas: el tribunal consideró que la actividad minera pondría en peligro la integridad biológica de Los Cedros y alteraría los procesos evolutivos que se han desarrollado a lo largo de miles de millones de años.

Peck, que suele ser una persona muy serena, lloró de alegría cuando se enteró de que Los Cedros había ganado. Y, junto a Hundal y sus colegas ecuatorianos, se puso manos a la obra: Los Cedros contaba con una estación de investigación científica especializada, pero en Ecuador hay territorios muy extensos que han sido poco estudiados y, además, se ven amenazados por la minería. Peck hizo los cálculos: en 2021, el Gobierno ecuatoriano había otorgado cerca de 8.000 concesiones mineras. El 30% se solapaban con áreas protegidas y otro 20%, con territorios indígenas. Los más afectados eran los shuares. La necesidad de documentar de forma proactiva los ecosistemas de Maikiuants era “urgente”, explicó Peck a la comunidad en su reunión de 2023.

‘Cuando lleguen las amenazas’

Mural no Centro Comunitário de Maikiuants retrata um guerreiro indígena atingindo um colonizador com uma lança. Foto: Katie Surma/Amazônia Latitude.

Mural en el centro comunitario de Maikiuants representa a un guerrero indígena atravesando con una lanza a un colonizador. Foto: Katie Surma/Amazônia Latitude.

En su primera mañana de vuelta en Maikiuants, a finales de noviembre, Peck y Hundal se despiertan con el leve olor a humo de leña en el aire fresco. La cordillera, cubierta de bosque y nubes, parece arropar el pueblo.

Actualmente el trabajo de Peck se centra en estudiar la red de relaciones que unen este lugar: el agua y la tierra, los peces y el bosque, y las personas que dependen de ellos. No obstante, al inicio de su carrera veía el mundo en fragmentos, como le habían enseñado. Analizaba los sistemas acuáticos de forma aislada para determinar los niveles “seguros” de contaminantes en el agua, un enfoque que refleja la forma en que la legislación medioambiental convencional regula la contaminación. Pero cuanto más tiempo dedicaba a medir los umbrales, más incómodo se sentía con la propia premisa. La idea de que los ecosistemas pudieran soportar un daño ilimitado siempre y cuando no se superara un umbral reglamentario le pareció un malentendido fundamental sobre el funcionamiento de los sistemas vivos: la naturaleza se basa en relaciones.

Peck, un hombre de cuerpo enjuto y pelo canoso cortado al ras, también intenta vivir así. Sus compañeros lo describen como una combinación poco común de rigor intelectual e inteligencia emocional: alguien que escucha con la misma atención con la que analiza. Instintivamente, se fija en las comunidades que están integradas en los ecosistemas que estudia, una perspectiva que va en contra del enfoque verticalista predominante en el campo de la conservación. Cree que el verdadero cambio surge de las bases. Fue así como se forjaron las leyes sobre los derechos de la naturaleza de Ecuador: surgieron de las comunidades indígenas, que llevaron sus tradiciones al Estado y exigieron su reconocimiento.

Peck, descalzo y con el pantalón ligeramente remangado, se encuentra de nuevo en el centro comunitario, frente a unos 45 shuares sentados en semicírculo. Esta vez, el ambiente es distendido. Peck ya no es un extraño, sino un científico aliado y de confianza.

Lo primero que hacen es una lluvia de ideas: ¿cómo debería ser la estación de investigación?, ¿dónde debería construirse?, ¿qué es lo que preocupa a los vecinos?

Se dividen en pequeños grupos y empiezan a garabatear ideas en el papel. Ángel Nantip, de 63 años, un anciano de la comunidad de complexión robusta y mirada directa e inquebrantable, es el primero en tomar la palabra. Recuerda cuando los ingenieros de minas y el Ejército ecuatoriano llegaron por primera vez, en la década de 1990, para buscar yacimientos de metales. Le dijeron que no le pasaría nada malo al territorio ni a los seres espirituales que lo habitan. Solo más tarde se dio cuenta de lo destructiva que sería la mina a cielo abierto y de que rompería los lazos entre las comunidades. “Antes que nada, la comunidad necesita proteger a sus defensores del medioambiente. Necesitamos un sistema de alerta para cuando lleguen las amenazas”, dice, tensando el rostro anguloso.

Ángel Nantip, ancião dos Maikiuants, recorda a chegada de engenheiros de mineração e do exército equatoriano na década de 1990. Foto Katie Surma/Amazônia Latitude.

Ángel Nantip, anciano de Maikiuants, recuerda la llegada de ingenieros de minería y del ejército ecuatoriano en la década de 1990. Foto: Katie Surma/Amazônia Latitude.

A Peck no le sorprende que otros expresen la misma preocupación. Cada semana, una media de tres defensores del medioambiente —personas que protegen pacíficamente los ecosistemas— son asesinados en todo el mundo, una cifra que se cree que es inferior a la real, dados los lugares remotos y sometidos a represión política en los que muchos trabajan. El sector más estrechamente vinculado a esa violencia es la minería. Y Maikiuants no se libra.

Desde la llegada de Solaris, esta región hasta entonces bastante tranquila ha visto como la tensión va en aumento, impulsada por lo que los líderes describen como la táctica del “divide y vencerás”. Las empresas mineras se ganan el apoyo de determinadas comunidades o líderes con incentivos económicos que a menudo cubren las carencias que deja el Estado en escuelas, centros de salud o infraestructuras básicas. La escuela de Maikiuants, por ejemplo, cuenta con un solo profesor para unos 45 alumnos de todos los cursos.

Dos comunidades shuares cercanas y una organización shuar que agrupa a varias entidades firmaron varios acuerdos de cooperación confidenciales con Solaris. “Como comunidades independientes y legalmente reconocidas, tenemos derecho a buscar una mejor calidad de vida para los habitantes de nuestra comunidad, donde nuestros hijos puedan estudiar, nuestros mayores puedan trabajar y podamos tener acceso a la asistencia sanitaria generalizada que nunca hemos tenido”, afirmaron las comunidades promineras en un escrito judicial sobre su relación con Solaris. Entramos en contacto con su representante para darles voz en este reportaje, pero no respondió a nuestra solicitud.

Aunque el proyecto Warintza ha avanzado sin el consentimiento de todos los grupos indígenas afectados, Solaris lo ha presentado como una iniciativa comunitaria. “En Solaris Resources creemos que la minería sostenible no es solo una iniciativa económica, sino un proceso que debe tener en cuenta las opiniones y los valores de todas las partes interesadas, especialmente de nuestras poblaciones indígenas”, afirma el presidente y director ejecutivo de la empresa, Matthew Rowlinson, en un comunicado publicado en la web de Solaris. “Su experiencia y profunda conexión con la tierra son fundamentales para dar forma a unas prácticas mineras responsables”.

Mika Peck, cofundador da Ecoforensic, conversa com a comunidade de Maikiuants sobre algumas das espécies endêmicas e fundamentais de seu território, como onças-pintadas e condores. Foto: Katie Surma/Amazônia Latitude.

Mika Peck, cofundador de Ecoforensic, conversa con la comunidad de Maikiuants sobre algunas de las especies endémicas y fundamentales de su territorio, como jaguares y cóndores. Foto: Katie Surma/Amazônia Latitude.

Solaris no respondió a las numerosas solicitudes de entrevista, ni a una serie de preguntas sobre el proyecto, como el impacto que generaría en las comunidades locales.

Sobre el terreno, son evidentes las divisiones que provoca la presencia de la empresa. Los pueblos vecinos se han convertido en adversarios y los conflictos entre las comunidades a favor y en contra de la minería han derivado en disputas judiciales, despliegues militares y amenazas. En 2022, miembros de las dos comunidades promineras presentaron una denuncia contra tres vecinos de Maikiuants —una era Nancy Antún, líder de las mujeres de Maikiuants— alegando que habían planeado un ataque contra un campamento minero de la región. Los tres negaron rotundamente la acusación. Antún asegura que personas de comunidades promineras la han amenazado incluso con quemarle la casa con sus hijos dentro.

Otra destacada líder shuar afirma que recibió una amenaza de muerte por parte de un ejecutivo de Solaris, acusación que la empresa niega. En medio de los disturbios, el Gobierno mandó al Ejército para proteger la concesión, incluso en el territorio de Maikiuants, que la Constitución de Ecuador reconoce como autónomo. En respuesta, los guardias comunitarios detuvieron a varios soldados, que ahora se enfrentan a cargos penales.

Conflictos similares en otras partes de Ecuador han degenerado en actos violentos. En los últimos años, varios líderes indígenas que se oponían a proyectos extractivos —como Eduardo Mendúa, líder del pueblo a’i cofán, y José Isidro Tendetza Antún, líder shuar y pariente de varios vecinos de Maikiuants—, han sido asesinados. Estos casos, según los grupos de derechos humanos, ponen de relieve los riesgos a los que se enfrentan los defensores del medioambiente en la región.

De vuelta en el centro comunitario, al término de la reunión matutina el camino a seguir está claro, pero también plagado de dificultades. En Maikiuants, reunir las pruebas necesarias para defender el bosque conlleva riesgos. Pero ya no se puede separar la ciencia de la lucha.

El hacha del mono

En muchos sentidos, Ecoforensic ha asumido la labor que le correspondería al Gobierno ecuatoriano: proteger a su población, defender la Constitución y velar por que las empresas cumplan la ley. En lugar de eso, los sucesivos Gobiernos han desplegado al Ejército para reprimir las protestas contra la contaminación, han protegido a las empresas extranjeras de cualquier responsabilidad por el vertido de sustancias tóxicas y han debilitado la capacidad de resistencia de la sociedad civil.

Bajo el mandato del presidente Daniel Noboa, aliado del presidente estadounidense Donald Trump, esas presiones se han intensificado. En los últimos meses, su Gobierno ha congelado las cuentas bancarias de destacados líderes indígenas y ecologistas —entre ellas, la de un abogado de Maikiuants—, al tiempo que ha desmantelado el Ministerio de Medio Ambiente y ha impuesto restricciones generalizadas a las organizaciones no gubernamentales. La represión ha hecho que las coaliciones sean imprescindibles: comunidades, abogados y científicos se están uniendo para hacer frente a la campaña de Noboa destinada a acelerar la minería y la extracción de petróleo.

Al comenzar la reunión de la tarde, Peck invita a un ecólogo acuático a tomar la palabra: Edwin Zárate, profesor de biología de la Universidad del Azuay, en Cuenca. En Maikiuants, Zárate contribuye discretamente a crear un registro científico sobre el funcionamiento del territorio como sistema vivo: presta apoyo a los paraecólogos, ha puesto en marcha un programa de agroecología y ha creado una estación meteorológica para poder hacer un seguimiento del clima en tiempo real.

Edwin Zárate, biólogo e professor da Universidade de Azuay, atua na validação científica dos dados coletados pelos paraecólogos Shuar. Foto: Katie Surma/Amazônia Latitude.

Edwin Zárate, biólogo y profesor de la Universidad de Azuay, trabaja en la validación científica de los datos recolectados por los paraecólogos shuar. Foto: Katie Surma/Amazônia Latitude.

Peck recorre la sala repartiendo dosieres repletos de fotografías a todo color: ranas no más grandes que un pulgar, peces con motas moradas y verdes…, cada imagen acompañada de una breve descripción. “Estas son las especies que los paraecólogos han documentado hasta ahora”, explica, mientras las páginas se abren con un susurro. “Y siguen descubriendo más”.

“Cada vez que hacemos un estudio, descubrimos nuevas especies”, añade Zárate. Como la que los paraecólogos han descubierto recientemente: una rana con la piel tan oscura como la noche, salpicada de motas azules iridiscentes, como una pequeña galaxia.

Maikiuants se encuentra en una escarpada zona de transición donde los altos Andes se unen con las tierras bajas tropicales. Es un paisaje marcado por antiguos movimientos tectónicos: hace millones de años, la colisión de las placas elevó el lecho marino del Pacífico. Cada cresta y cada pliegue crearon su propio microclima, aislando a las especies en nichos ecológicos reducidos. Aquí, la extinción puede llegar de repente. Según Zárate, si se destruye una sola pendiente, todo un linaje evolutivo puede desaparecer con ella.

Esta fragilidad tiene implicaciones jurídicas. La Constitución de Ecuador otorga una protección especial a las especies con trayectorias evolutivas singulares, es decir, aquellas que no existen en ningún otro lugar del planeta y que constituyen una rama “única” en el árbol de la vida. “Algunas especies son más importantes que otras en los casos relacionados con los derechos de la naturaleza”, afirma Peck. “Las que están en peligro de extinción son muy importantes, y también las que solo existen aquí”.

A continuación, se centra en las especies clave que influyen ecosistemas enteros. Como los jaguares: regulan las poblaciones de presas, determinan el crecimiento de las plantas y alimentan a los carroñeros con los restos de los animales que cazan. Cuando desaparecen las especies clave, las redes tróficas se desmoronan. “El futuro de otras especies depende de ellos”, afirma Peck.

“El cóndor también”, añade Zárate. Con una envergadura de hasta 3,6 metros, los cóndores andinos se encuentran entre las aves voladoras más grandes del mundo. En Ecuador están en peligro crítico de extinción: quedan menos de 150 ejemplares debido principalmente a la caza furtiva, a la expansión agrícola y, cada vez más, a la minería. Como carroñeros, desempeñan un papel fundamental en el control de enfermedades. .

La información de los dosieres podría dar voz al paisaje, porque los derechos constitucionales de la naturaleza están fundamentados en datos ecológicos, como explican Peck y Zárate. Con un pequeño proyector, muestran un diagrama del marco de los derechos de la naturaleza de Ecuador sobre un póster pegado al revés en la pared, que funciona como pantalla improvisada. La obligación del Gobierno de prevenir la extinción de especies aparece en una infografía, marcada con un círculo rojo, junto a otras garantías constitucionales.

Peck hace hincapié en las medidas de protección del patrimonio biocultural: los lazos inseparables que unen a las comunidades con las plantas y los animales con los que conviven. Eso es algo que la ciencia por sí sola no puede documentar. “Necesitamos vuestras historias”, dice a los presentes. “¿Qué especies son las más importantes para ustedes? ¿Por qué?”.

La sala se llena de conversaciones. El parecólogo jefe Claudio Ankuash Nantip, conocido como Pinchu, señala la fotografía de un mono capuchino. “Cuando las personas mueren, no desaparecen, vuelven en forma de animales”, explica. Aquellos que vivieron mal pueden volver en forma de criaturas que infunden miedo, otros regresan como protectores. “Como el mono”, dice. Y cuenta que, hace casi un siglo, un demonio aterrorizó a la comunidad con un hacha y mató a varias personas; un mono lo derrotó y enterró el hacha en las profundidades de una montaña. Los mayores solían ver esta especie con frecuencia, pero actualmente ya casi no quedan ejemplares. Hasta la fecha, los paraecólogos no han podido documentarlos. “Ahora la empresa quiere desenterrar el hacha”, dice Pinchu.

Los sueños de un padre

Jorge Antún percorre a floresta que descreve como sua "despensa e farmácia". Seu profundo conhecimento sobre plantas medicinais e ciclos biológicos é o pilar que sustenta o monitoramento científico da comunidade. Foto: Katie Surma/Amazônia Latitude.

Jorge Antún recorre el bosque que describe como su “despensa y botica”. Su profundo conocimiento sobre plantas medicinales y ciclos biológicos es el pilar que sustenta el monitoreo científico de la comunidad. Foto: Katie Surma/Amazônia Latitude.

A la mañana siguiente, Peck, Hundal y Zárate se calzan unas botas de goma que les llegan hasta las rodillas e intentan seguir el ritmo de un grupo de shuares que se adentran en el bosque para buscar emplazamientos para la estación de investigación. El grupo lo encabeza Jorge Antún, de 60 años, vecino de toda la vida de Maikiuants y padre del paraecólogo Jhostin Antún.

De complexión robusta, forjada tras décadas en el bosque, Jorge avanza con facilidad por el sendero. La camisa beige de manga larga, visiblemente manchada de barro y sudor por el aire cálido y húmedo, se le pega al torso mientras sube. Al cabo de unos minutos, se desvía del camino. Extiende la mano hacia las enredaderas, arranca una hoja y la levanta. “Es un buen remedio para los insectos que se clavan en la piel”, dice, y explica cómo se cocinan las hojas hasta formar una pasta que se aplica sobre el cuerpo.

Cada pocos pasos, el bosque ofrece una nueva lección: bayas que se utilizan como jabón para lavar los platos, plantas que alivian las quemaduras solares, hormigas cuyas picaduras arden como el fuego. “El bosque”, dice Jorge con los ojos brillantes, “es nuestra despensa y nuestra botica”.

Las empresas mineras no lo ven así. Sus estudios de impacto ambiental —que se exigen antes de conceder las licencias— tienen por objeto evaluar los riesgos sociales, culturales y ecológicos de un proyecto. En la práctica, según los abogados, el conocimiento ecológico indígena casi nunca se tiene en cuenta. Tampoco se hace mención alguna a la relación espiritual de las comunidades con el territorio, como las cascadas de Maikiuants, consideradas templos sagrados de renovación espiritual que revelan el futuro.

La investigación científica de las empresas también puede quedarse corta. Ecoforensic analizó la evaluación de impacto ambiental que llevó a cabo Solaris Resources y detectó lo que calificó como “deficiencias graves”, que incluyen la omisión de 91 especies en peligro de extinción o amenazadas o la escasa atención prestada a los peces, un descuido especialmente flagrante en un sector conocido por contaminar las vías fluviales. La minería ha dejado un legado mundial de contaminación por metales pesados, escorrentías ácidas y acuíferos agotados. La evaluación también contenía errores, como el hecho de que no incluyera al oso hormiguero gigante y al perro venadero, especies en peligro de extinción cuya presencia los paraecólogos ya habían registrado en las tierras de Maikiuants.

En términos generales, el documento nunca analizó si el proyecto podía infringir la legislación ecuatoriana sobre los derechos de la naturaleza. Para ello habría sido necesario evaluar el impacto sobre las funciones de los ecosistemas (lo que hacen para mantenerse vivos: un árbol transforma la luz solar en oxígeno, los humedales filtran el agua contaminada, etc.); sobre los ciclos de vida (por ejemplo, el recorrido de una rana desde el huevo hasta convertirse en adulto); y sobre los procesos evolutivos (el cambio de la vida a lo largo de millones de años, a medida que se adapta para sobrevivir).

Um registro de espécies documentadas no território de Maikiuants inclui uma espécie de rã nova para a ciência, que deve ser batizada como rã-de-maikiuants. Foto Katie Surma/Amazônia Latitude.

Un registro de especies documentadas en el territorio de Maikiuants incluye una especie de rana nueva para la ciencia, que debe ser bautizada como rana de Maikiuants. Foto: Katie Surma/Amazônia Latitude.

Mientras Peck sigue a Jorge por el sendero que los lleva de vuelta a su casa, al ecologista le cuesta imaginar que los contratistas de la empresa puedan aportar el tipo de conocimiento paciente y arraigado que se necesita para comprender verdaderamente un ecosistema. Al llegar a la cabaña tradicional de la familia Antún, se agacha para pasar por la puerta y entrar en la estructura ovalada que se conserva en perfecto estado: un suelo de tierra bien barrido, una larga mesa de madera con bancos y un fuego que arde lentamente en el centro. De las paredes cuelgan ollas, sartenes y un rifle. Sentadas en un banco, dos mujeres de su familia pelan maníes en un recipiente grande, mientras otra levanta a un niño que se retuerce en un colorido asiento de actividades y se lo acerca al pecho.

La esposa de Jorge, Ilda Chias Nakaim Antún, reparte vasos de zumo de piña recién exprimido y platos humeantes de yuca, plátanos y huevos duros aderezados con sal y trocitos de chile. Excepto la sal, todo procede de los alrededores. Durante la comida, Jorge habla quedo sobre ideas para negocios sostenibles: la piscicultura, el cultivo de frutas e incluso de una variedad local de vainilla. “Queremos alternativas a la minería”, afirma. “Podemos servir de ejemplo para los demás”.

Su familia se opone rotundamente a la mina. Su hija Marcia Antún, la joven madre, está preocupada por la contaminación del aire y del agua. “La empresa podría obligarnos a irnos”, dice.

Cuando la conversación vuelve a centrarse en las posibilidades económicas, hablan de los precedentes. Un proyecto de cacao vinculado al trabajo de los paraecólogos sobre el mono araña de cabeza marrón ayudó a los agricultores a triplicar sus ingresos al combinar el acceso a los mercados con la protección del bosque. Otras comunidades se dedicaron al ecoturismo. En Papúa Occidental, provincia de Indonesia, donde Peck ayudó a desarrollar iniciativas de paraecología, uno de los primeros paraecólogos cursó un doctorado y ahora dirige el Binatang Research Center, el principal instituto de investigación sobre conservación de Papúa Nueva Guinea. En todos los casos, el modelo generó algo duradero: medios de vida vinculados a una labor científica continua, y no a la extracción.

Una conexión a internet fiable, ahora posible gracias a los servicios por satélite, podría abrir nuevas vías para el comercio electrónico. La facultad de empresariales de la Universidad del Azuay podría ayudar con la planificación. Jorge también imagina compartir los conocimientos medicinales de los shuares con el mundo. “Tengo sueños para mi familia”, dice. “Pero tengo miedo de no poder cumplirlos por culpa de la empresa”.

El tiempo no juega a su favor. Se espera que en unos meses Solaris Resources obtenga la autorización definitiva para iniciar sus operaciones.

Sostén de la vida

Sergio Nantip e Edwin Zárate observam enquanto o paraecólogo Claudio Ankuash Nantip escreve ideias para o programa da Ecoforensic. Foto: Katie Surma/Amazônia Latitude.

Sergio Nantip y Edwin Zárate observan mientras el paraecólogo Claudio Ankuash Nantip escribe ideas para el programa de Ecoforensic. Foto: Katie Surma/Amazônia Latitude.

Más tarde ese mismo día, el paraecólogo jefe Pinchu, el que había contado la historia del hacha del mono, sube la cordillera por una estrecha senda seguido por su hijo Kirup, de diez años, y Zárate. El bosque se cierra a su alrededor, cubriendo el sendero como un manto vegetal que oculta el sol del mediodía. El aire es cálido y ligeramente dulce, impregnado del aroma de la fruta madura. Caminan en silencio, hasta que Pinchu hace una señal para que todos se detengan.

Una serpiente de metro y medio de largo, no más de tres dedos de grosor, yace tendida en medio del camino; parece un fragmento de obsidiana recubierto de hojas. “Está durmiendo”, susurra Pinchu. Agarra una rama caída y la agita sobre la serpiente. Sin prisas, el animal se mueve, se aparta del sendero y desaparece entre la maleza.

Un poco más adelante, el bosque empieza a clarear. La luz del sol se cuela por entre las copas de los árboles en estrechos haces y, de repente, el sendero desemboca en un rincón escondido. Una cascada surge de un saliente irregular de roca oscura, transformándose en finos hilos plateados que caen sobre una laguna. Las enredaderas, de ramas gruesas, cuelgan sobre sus cabezas como trenzas verdes. Kirup se agarra a una y se desliza con suavidad hasta zambullirse en la laguna. Zárate y Pinchu le siguen, avanzando por el agua hacia una pequeña isla cubierta de un suave musgo verde. Allí, Pinchu saca un recipiente con hojas de tabaco remojadas en agua. Entre los shuares, la mezcla no se fuma, sino que se inhala el vapor de la infusión, una práctica que, según Pinchu, le aporta calma y refuerza la conexión con el bosque, ayudándole a escuchar y a sentir con mayor intensidad. Las cascadas tienen un profundo significado espiritual para los shuares. Cuando surgen los desafíos de la vida, siguen unos protocolos perfeccionados a lo largo de generaciones: se preparan cuidadosamente antes de visitarlas para luego poder entrar en comunión con ellas.

Hace poco la ciencia occidental ha comenzado a confirmar lo que muchas comunidades indígenas saben desde hace tiempo. Se ha demostrado que pasar tiempo en la naturaleza reduce los niveles de hormonas del estrés, disminuye la inflamación, refuerza la respuesta inmunitaria y mejora la concentración.

Pero los sitios donde la ciencia manda suelen ser, paradójicamente, los que menos contacto tienen con la naturaleza y los que más contribuyen a su destrucción. Es probable que el cobre que se encuentra bajo estas montañas se envíe a Estados Unidos y a otros países ricos para impulsar la expansión del armamento militar, las transiciones energéticas y las infraestructuras que sustentan el auge de la inteligencia artificial, como los centros de datos. Un centro de datos convencional puede necesitar hasta 15.000 toneladas de cobre, pero las instalaciones que alimentan sistemas de inteligencia artificial pueden requerir más del triple de esa cantidad, lo que hace que los precios alcancen máximos históricos.

Esos mundos artificiales parecen increíblemente lejanos aquí, donde un Zárate empapado sale de la laguna. Este ha sido su duodécimo viaje a Maikiuants. Y cada uno le ha reafirmado la importancia de que los científicos salgan de sus cuatro paredes y aprendan de otros sistemas de conocimiento. “Tenemos que adoptar un enfoque más holístico”, dice.

El mundo industrializado, añade Pinchu, tiene “una forma diferente de ver la naturaleza: solo piensa en el dinero”. El paraecólogo sueña con un futuro en el que su pueblo pueda desarrollarse sin perder su esencia. “Tenemos formas de vida que también son valiosas”, dice. “Nuestro conocimiento ancestral es valioso, aunque no pretenda hacer dinero, sino preservar la vida”.

O paraecólogo Olger Kitiar para à beira do rio após uma caminhada para verificar uma câmera trap escondida nas profundezas da floresta tropical. Foto Katie Surma/Amazônia Latitude.

Olger Kitiar se detiene a la orilla del río tras una caminata para revisar una cámara trampa escondida en las profundidades de la selva tropical. Foto: Katie Surma/Amazônia Latitude.

Amor y esperanza

Tras documentar las huellas frescas del jaguar, Jhostin Antún y Olger Kitiar aceleran el paso hacia la cámara trampa. La expectación crece a cada paso. Ahora se encuentran en lo alto de las montañas, muy por encima de la cascada donde Pinchu había llevado a Zárate. La cámara está fijada a un árbol bañado por la luz del sol: una elección deliberada, ya que funciona con energía solar. Olger extiende la mano para agarrarla y sus ojos se iluminan. “Me encanta”, dice. “Me encanta ver todos los animales; a veces salen algunos que no hemos visto nunca en la vida real”.

Empieza a transferir los datos a su celular por Bluetooth, un proceso de diez minutos que se le hace eterno. Para pasar el rato, revisan grabaciones antiguas: pecaríes hurgando entre la maleza; un oso andino que se aleja con pasos lentos; pavos; una especie a la que llaman perro salvaje; perdices… y un jaguar, captado una vez, fugazmente, al pasar por el encuadre. Esta cámara es una de las dos que tienen instaladas en su territorio. Llegar a la otra requiere caminar ocho horas en cada sentido y pasar la noche en el bosque.

“Sigue siendo tan emocionante como al principio”, dice Olger. “Cada vez sabemos más y descubrimos nuevas especies”. Jhostin formó parte del equipo que descubrió una nueva especie de rana, que bautizaron como rana Maikiuants. Según él, su trabajo es a la vez divertido y muy serio. Gesticulando con las manos, describe los ritmos de la vida cotidiana: sembrar, cosechar y comer lo que ofrece el bosque. Para su comunidad, la agricultura no es una actividad comercial, sino una forma de mantener el cuerpo y el espíritu.

“Ecoforensic me da esperanza de que este modo de vida aún pueda protegerse”, dijo Jhostin.

Quiere tener hijos algún día, y quiere que vivan en el bosque sin miedo, sin contaminación. Sin un territorio, dice, no se puede enseñar a los niños quiénes son. No se les puede enseñar qué es el bosque. Quiere un futuro de buen vivir: vivir bien y en armonía. Su padre, Jorge, le enseñó a conocer el bosque, le explicó el significado de cada planta y cada río. Su abuelo hacía lo mismo: le daba consejos no con sermones, sino a través de la propia naturaleza. Según Jhostin, ahí es donde reside la sabiduría. Y eso es precisamente lo que está tratando de proteger.

Olger indica que los datos han terminado de cargarse. Las imágenes muestran a un tinamú solitario, un ave también conocida como gallina de monte.

Kirup, filho do paraecólogo-chefe Pinchu, escala as rochas de uma lagoa no território de Maikiuants. Foto: Katie Surma/Amazônia Latitude.

Kirup, hijo del paraecólogo jefe Pinchu, escala las rocas de una laguna en el territorio de Maikiuants. Foto: Katie Surma/Amazônia Latitude.

Una vez terminada su tarea, los dos paraecólogos regresan al pueblo. Por el camino de vuelta, cruzan un río cristalino y caudaloso, en cuya orilla hay cientos de mariposas de un azul iridiscente que se elevan y descienden en lentas oleadas. En un estrecho banco de piedras y sedimentos en medio del río, donde el agua se divide y vuelve a reunirse más abajo, Jhostin ve a su padre, Jorge Antún, sentado en silencio, contemplando el bosque y el cielo. Sonríe. Él y Olger se agachan, ahuecan las manos para recoger agua fresca y mojarse la cara y beber, mientras la corriente fluye como siempre ha hecho.

Texto: Katie Surma
Traducción: Meritxell Almarza
Revisión, Montaje de página y finalización: Juliana Carvalho
Dirección: Marcos Colón

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