Para salvar la Amazonia hay que escuchar a sus gentes

Con el objetivo de evitar el "colapso climático y ecológico", los pueblos de la selva presentan un plan detallado para salvar su hogar, centrado en acabar con las subvenciones a los combustibles fósiles y garantizar los derechos de los indígenas sobre la tierra

Los manifestantes
Los manifestantes ondean la bandera colombiana (izquierda) y la wiphala aimara (derecha) durante el FOSPA. Foto: Katie Surma/Inside Climate News
Los manifestantes

Los manifestantes ondean la bandera colombiana (izquierda) y la wiphala aimara (derecha) durante el FOSPA. Foto: Katie Surma/Inside Climate News

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RURRENABAQUE, Bolívia — Una húmeda tarde de junio, bajo el sol poniente, manifestantes ataviados con tocados de plumas y ropa tejida a mano cruzaron el puente sobre el Alto Beni gritando: “¡Agua sí! ¡Minería no!”. “¡Viva la Amazonia!”

La marcha marcaba la apertura de un encuentro de cuatro días conocido como el Foro Social Panamazónico (FOSPA), una incubadora semestral donde activistas y líderes de comunidades indígenas, afrodescendientes y otras poblaciones tradicionales intercambian ideas para defender la naturaleza y los pueblos de la selva amazónica. Los participantes, de varias edades y color de piel, acompañaban sus consignas con pancartas que representaban a docenas de organizaciones y causas, desde “Mujeres del norte de la Amazonia” hasta “Nunca más un mundo sin nosotros”.

Para las 1.400 personas que acudieron a esta pequeña y bucólica ciudad amazónica, la mayoría procedentes de comunidades indígenas y tradicionales de los nueve países amazónicos (Brasil, Perú, Colombia, Venezuela, Ecuador, Bolivia, Guyana, Surinam y Guayana Francesa), el encuentro supuso un cambio positivo respecto a las Conferencias de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP). Estas cumbres anuales, dominadas por delegaciones gubernamentales, han sido criticadas por el control que ejercen los grupos de presión de la industria.

“El FOSPA es uno de los pocos espacios donde podemos tener voz”, afirma Vanuza Abacatal, líder de una comunidad quilombola de Pará (Brasil) de 314 años de antigüedad. La comunidad de Abacatal ha luchado por defender su autonomía y mantener su modo de vida frente a la expansión de la frontera agropecuaria, la minería y la deforestación.

Además de sentir que las negociaciones internacionales están desconectadas de su vida, los manifestantes de Rurrenabaque y San Buenaventura, las pequeñas ciudades bolivianas que acogen el foro, afirman que las conversaciones gubernamentales sobre el clima han fracasado y ponen como ejemplo el objetivo del Acuerdo de París de limitar el calentamiento global a 1,5 grados centígrados por encima de los niveles preindustriales.

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Jóvenes de comunidades amazónicas marchan durante el XI Foro Social Panamazónico en Rurrenabaque, Bolivia, el 12 de junio. Foto: Katie Surma/Inside Climate News

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Mujeres indígenas marchan con pancartas que representan a docenas de organizaciones y causas en la apertura del FOSPA, el 12 de junio. Foto: Katie Surma/Inside Climate News

En 2023, la temperatura media del planeta superó ese umbral durante 12 meses seguidos, según anunció en febrero el servicio climático europeo Copernicus, y, en el caso de que la trayectoria actual del calentamiento de la Tierra se mantenga, en 2100 la temperatura global habrá aumentado 2,8 grados. Los científicos advierten que ese sobrecalentamiento será desastroso para la Amazonia. Los niveles actuales ya están cambiando los ciclos hidrológicos de la selva, secándola y haciéndola más susceptible a los incendios. Cuanta más selva se pierde, más dióxido de carbono se libera a la atmósfera, un ciclo que empeora cada vez más el calentamiento global.

El cambio climático es solo una de las diversas fuerzas provocadas por el ser humano que, en el último siglo, han destruido un 20% de la Amazonia y degradado una parte aún mayor. Otros factores que contribuyen son la agricultura, la ganadería, la minería, la extracción de petróleo y la explotación forestal. La destrucción de la Amazonia, que se está produciendo a un ritmo de aproximadamente cuatro campos de fútbol por minuto, ha alcanzado un punto en el que algunas partes de la selva ya no pueden regenerarse y se han convertido en sabana. Los afectados directos son 47 millones de personas que viven en la región amazónica y dependen de la selva, del agua dulce y de otros recursos para subsistir.

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Vanuza Abacatal, 47, é líder de uma comunidade quilombola no Pará, Brasil. Crédito: Katie Surma/Inside Climate News

Los manifestantes del FOSPA son testigos directos de esa destrucción. “Las grandes corporaciones nos asfixian”, afirmó Abacatal. Tanto ella como otros habitantes de la Amazonia no solo son los más afectados por la degradación de la selva sino que, como afirman desde hace tiempo, son quienes mejor pueden salvaguardar lo que queda de ella. La experiencia de siglos viviendo en la selva los ha dotado de valiosos conocimientos.

La investigación científica se está poniendo rápidamente a su altura, y un estudio tras otro confirman que las comunidades indígenas con tenencia segura de la tierra obtienen los mejores resultados en materia de conservación, incluso cuando están situadas cerca de zonas urbanas. Y cada vez hay más científicos que se asocian con algunas comunidades indígenas y tradicionales para identificar puntos clave de biodiversidad —como zonas de reproducción y migración de animales— y dar prioridad a la conservación de esas áreas.

Con estas credenciales, los participantes afirmaron que en esta edición eran más ambiciosos. En el último FOSPA, celebrado en 2022 en Belém, Brasil, al igual que en los nueve anteriores, que se remontan a 2002, se hizo un recuento de las amenazas a las que se enfrenta la selva y se pidió a los Gobiernos que hicieran más para protegerla.

Bolívia

Las localidades bolivianas de Rurrenabaque y San Buenaventura acogieron el XI FOSPA en 2024. Bolivia ha alcanzado niveles récord de deforestación en los últimos años, en gran parte debido a la tala de bosques para plantaciones agrícolas. FUENTE: ESRI

Pero en los dos años transcurridos desde la última conferencia, se han deforestado, quemado o degradado millones de hectáreas de la Amazonia; las amenazas para sus habitantes, como la minería y el narcotráfico, han aumentado; y las conversaciones gubernamentales en la Cumbre de la Amazonia, realizada en Belém en 2023, entre los líderes de las nueve naciones amazónicas concluyeron sin un acuerdo para eliminar la deforestación ilegal hasta 2030. La cumbre liderada por Brasil concluyó con solo un texto vago en el que se prometía cooperar para frenar la deforestación ilegal y promover el desarrollo sostenible.

Así que, con todo lo que está en juego, los asistentes al FOSPA de Rurrenabaque tenían un plazo a la vista: en cuatro días debían entregar por escrito un mandato de lo que el mundo debe hacer para evitar el “colapso climático y ecológico”.

‘Sin nuestra tierra los pueblos originarios no somos nada’

El segundo día del foro, en una comunidad indígena de las afueras de Rurrenabaque, decenas de personas centraron su atención en Mari Luz y Emilsen Flores, líderes kukamas peruanas. Estaban todos reunidos en el interior de un pabellón, donde muchos habían empezado a sudar por el calor tropical. Aunque había bastantes sillas blancas de plástico, algunos lugareños permanecían de pie afuera, asomando la cabeza por encima de las paredes de la estructura.

Luz, con voz suave, relató cómo ella, Flores y otras mujeres kukamas ganaron un histórico juicio en Perú el pasado marzo, en el que se reconoció que el río Marañón, muy contaminado, es un ser vivo sujeto de derechos. Fue una gran victoria del movimiento por los derechos de la naturaleza, cuyo objetivo es conseguir el reconocimiento jurídico del derecho a existir de ríos, bosques y ecosistemas enteros. Esencialmente, es la traducción en leyes de las cosmovisiones de los pueblos indígenas.

líderes kukamas

Emilsen Flores (centro) y Mari Luz (derecha), líderes kukamas peruanas, charlan con los asistentes al FOSPA el 13 de junio, en Bella Altura, Bolivia. Foto: Katie Surma/Inside Climate News

Mientras Luz hablaba, se repartieron vasos de jugo de papaya fresco y chicha (una bebida tradicional hecha de maíz fermentado) entre los asistentes a la conferencia y los tacanas, el pueblo de la comunidad anfitriona, Bella Altura.

Luz empezó su jornada en el año 2000, cuando algunas organizaciones ecologistas europeas acudieron a reunirse con la población local para hablar de la enorme contaminación por petróleo en la región peruana de Loreto, que llevaba produciéndose desde 1974. Para Luz y los demás, que dependían del río Marañón para obtener alimentos, agua y transporte, la contaminación había sido catastrófica.

Durante las reuniones, dominadas por hombres, Luz y otras mujeres se sentaban en silencio, explicó, para escuchar el debate sobre los derechos humanos. Pero después se reunían aparte para discutir lo que habían oído. Luz recuerda: “Las mujeres dijimos: ‘Se supone que tenemos derechos. ¿Cómo pueden imponernos proyectos petrolíferos cuando no los queremos?'”.

Las mujeres formaron discretamente su propia federación, la Huaynakana Kamatahuara Kana, que significa “mujeres trabajadoras”, explicó, con el objetivo de proteger su entorno, sus derechos y su cultura. Y luego, en lo que resultaría ser un encuentro propicio, Luz conoció a los abogados ambientalistas del Instituto de Defensa Legal, una asociación civil peruana que se dedica a la promoción y defensa de los derechos humanos. La líder kukama quería saber si el río Marañón, como ella, tenía derechos.

En el diálogo que se entabló a continuación, Luz instruyó a los abogados sobre la cosmovisión de su pueblo. La naturaleza está viva, les dijo, y cada ser tiene un espíritu. Esos espíritus viven en las montañas y bajo el río, y mantienen toda la vida que hay en su interior. Los abogados, a su vez, informaron a Luz y a la federación de mujeres kukamas sobre el floreciente cuerpo legal conocido como “derechos de la naturaleza”.

ilustracion

“¿Los ríos tienen derechos?” reza una ilustración que representa la historia de las mujeres kukamas que ganaron un histórico juicio en Perú el pasado marzo, en el que se reconoció que el río Marañón, muy contaminado, es un ser vivo sujeto de derechos. Foto: Katie Surma/Inside Climate News

Así empezó una colaboración de 10 años que culminó hace cuatro meses con una sentencia del tribunal de primera instancia favorable a los derechos del río Marañón. Luz fue franca en todo momento sobre las dificultades que afrontaron. Ella y su familia recibieron violentas amenazas. “Ser famosa es muy peligroso”, dijo. Para asistir a las vistas judiciales, tenía que salir de casa en mitad de la noche y viajar en canoa motorizada durante horas, a menudo bajo una lluvia torrencial. A veces, tenía que vender pollos para pagar el combustible de los trayectos. Funcionarios del gobierno la menospreciaron y le impusieron una multa de 100.000 soles peruanos (unos 26.000 dólares), según ella, por su defensa. Los hombres de su pueblo la denigraron. “Hay mucho machismo; tratan a las mujeres como objetos”, afirma.

Luz, que a medida que hablaba se iba animando, explicó que siempre invitaba a los hombres de su pueblo a las reuniones de la federación de mujeres y, a lo largo de los años, logró que entre el 70% y el 80% adhirieran a la causa. “Hemos crecido desde abajo”, dijo.

Al otro lado del pabellón, frente a Luz y Flores, media docena de chicas tacanas observaban, concentradas, a las mujeres. Otras personas de la multitud, entre ellas miembros de comunidades indígenas brasileñas y bolivianas, tomaban notas.

Luz subrayó que las mujeres kukamas siguen luchando: el Gobierno y otros acusados han recurrido el fallo del tribunal de primera instancia, y esos recursos están pendientes. Y explicó que, aunque ganen, no será fácil hacer valer los derechos del río a existir, fluir y estar libre de contaminación.

Entre la multitud, las cabezas asentían. Al igual que Luz, muchas de las personas que estaban allí reunidas habían perdido la fe —o nunca la habían tenido— en que sus sistemas jurídicos estatales les protegieran. La historia de Luz puso de relieve lo que la mayoría ya sabía: nadie iba a venir a salvarlos. Las soluciones reales, dijeron en una sesión de preguntas y respuestas que siguió a la charla de Luz, solo se conseguirán a través de sus propias luchas, experiencias y esfuerzos.

Un miembro del público le preguntó a Luz por qué seguía luchando. “Sin nuestra tierra los pueblos originarios no somos nada”, respondió. “Ahora que conocemos nuestros derechos y los de la naturaleza, tenemos que reclamarlos”.

Una transición justa

A pocos kilómetros, en la ciudad de San Buenaventura, los asistentes al grupo de trabajo “Transición energética” de la conferencia llegaron en tuktuks motorizados a una sala de reuniones que se encontraba al final de un camino de tierra. Tras más de un año de reuniones en línea, el grupo estaba elaborando una lista definitiva de propuestas sobre cómo debería ser la transición para abandonar los combustibles fósiles.

Con un micrófono que pasaba de mano en mano para realizar intervenciones de tres minutos, la sesión recordó un poco a una cumbre de la ONU. Salvo que aquí no había trajes de tres piezas ni tratos entre bastidores con representantes de las industrias de los combustibles fósiles, la agricultura o la minería.

grupo de trabajo

El grupo de trabajo “Transición energética” del FOSPA debatió cuestiones que van desde el acceso a la electricidad hasta los sistemas de créditos de carbono y la restauración de ecosistemas. Foto: Katie Surma/Inside Climate News

Todo lo contrario: las propuestas políticas de los participantes se entrelazaban con su propia experiencia con la minería ilegal en la Amazonia boliviana o con décadas de contaminación petrolera en el Oriente ecuatoriano.

Hubo un amplio consenso en que la falta de acceso a la energía eléctrica por parte de las comunidades tradicionales era un problema importante que había que resolver en toda la Amazonia. En algunos casos, las líneas de transmisión se habían instalado junto o frente a comunidades forestales, pero nunca se habían conectado. Una mujer contó al grupo que su comunidad, en Brasil, no tiene teléfono ni internet: tienen que comunicarse por radio, como se hacía antes. “Si la gente no sabe qué está pasando, no puede participar en el debate”, constató.

Sin electricidad, la gente tampoco puede acceder a la educación, obtener servicios sanitarios o construir economías sostenibles, explicó a los asistentes J. Gadir Lavadenz Lamadrid, coordinador de las campañas de la Coalición Mundial por los Bosques, con sede en La Paz. Esto hace que las comunidades estén vulnerables ante las empresas mineras o petroleras que se ponen en contacto con ellas para iniciar proyectos en tierras comunitarias o que las afecten de algún modo, afirmó.

De hecho, en toda América Latina, que produce una parte sustancial de los combustibles fósiles, la energía hidroeléctrica y los minerales utilizados en las tecnologías de carbono cero del mundo, 17 millones de personas carecen de acceso a la electricidad, según la Agencia Internacional de la Energía.

miembros del grupo

Los miembros del grupo “Transición energética” redactan sus conclusiones tras cuatro días de deliberaciones. Foto: Katie Surma/Inside Climate News

La región es también una de las zonas económicamente más desiguales del mundo, por lo que parte de la población no puede permitirse el costo de la electricidad, incluidas las comunidades que soportan el mayor impacto de las cadenas de suministro energético.

Mientras el micrófono pasaba por la sala, una mujer procedente de una región argentina productora de litio explicó que la explotación de salmueras de litio había contaminado el agua y el suelo de su comunidad. Pero los afectados, dijo, nunca han sido indemnizados por la destrucción causada, que continúa. Cuando la comunidad exigió al Gobierno provincial que les compensara proporcionándoles energía renovable constante, este les respondió que tenían que comprar baterías para almacenarla. “Pero nosotros no tenemos ese dinero”, se quejó.

El debate prosiguió con una dura crítica a los hábitos de consumo excesivo de los habitantes de los países ricos, que creen que la crisis climática puede resolverse comprando vehículos eléctricos. El grupo —algunos de sus miembros viven a la sombra de explotaciones mineras de insumos para tecnología de carbono cero— exigió más inversión en transporte público y un cambio cultural que se aleje del consumismo de los países ricos.

También hubo un amplio consenso en que las compensaciones y los créditos de carbono y biodiversidad son “falsas soluciones” a expensas de las comunidades amazónicas. Según varios oradores, a los grupos indígenas y tradicionales de la selva rara vez se les consulta sobre tales proyectos.

Pocos días antes del inicio del FOSPA, la policía brasileña desmanteló una trama que supuestamente proporcionaba compensaciones de carbono a grandes corporaciones occidentales por conservar la selva tropical, a pesar de estar deforestándola. Los reunidos en San Buenaventura exigieron que los fondos y la financiación de los proyectos de compensación se destinaran a las comunidades indígenas y otras comunidades locales que viven de forma sostenible en la selva.

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Un mural en San Buenaventura, Bolivia, representa a un indígena y a la fauna amazónica, que incluye peces con el símbolo del mercurio: Hg. Los estudios muestran que los ríos de la Amazonia boliviana están muy contaminados por mercurio debido a la extracción ilegal de oro en la región. Foto: Katie Surma/Inside Climate News

A diferencia de las conferencias anuales de la ONU sobre el clima, en los 16 grupos de trabajo se debatió qué es lo mejor para la Tierra y, en concreto, para el ecosistema amazónico: poner fin a las subvenciones anuales para las industrias extractivas por valor de 7 billones de dólares; expandir la agroecología y el ecoturismo; hacer valer los derechos indígenas a la tierra y al consentimiento libre, previo e informado; proteger a los defensores del medio ambiente, cada vez más amenazados, encarcelados, agredidos y asesinados por resistirse a las actividades extractivas y desarrollistas.

Desde 2014, casi 300 defensores del medio ambiente han sido asesinados en la Amazonia, un número considerado alejado de la realidad, ya que la violencia suele tener lugar en zonas remotas y no se registra. Para muchos de los participantes del FOSPA, la violencia que se inflige a los defensores de la selva es indistinguible de la devastación de la propia selva: “Somos la naturaleza defendiéndose” es un lema que se oía a menudo.

También se gestaron grandes ideas, como la propuesta detallada de un tratado amazónico-andino destinado a preservar los ciclos hidrológicos de la región, que reconozca las masas de agua como entidades titulares de derechos y que cuente con una Asamblea Permanente de pueblos andinos y amazónicos que actúen como guardianes de los sistemas hídricos. La propuesta incluye una descripción del ciclo del agua de la región, que comienza en los glaciares andinos, desciende por los ríos, recorre la flora y la fauna amazónicas y acaba desembocando en el océano Atlántico. Cuando se altera una parte del ciclo, todo el sistema se ve afectado, explicaron los ponentes: cuando arde la Amazonia, la ceniza llega a lo alto de los Andes y ennegrece los glaciares, atrae más calor y acelera el deshielo. La pérdida de los glaciares andinos tendrá impactos posteriores, incluido el acceso al agua potable de millones de personas, señalaron. El cambio climático ya está afectando al ciclo hidrológico de la región, con sequías y olas de calor que tensionan los recursos hídricos.

Pablo Solón, exembajador de Bolivia ante la ONU y uno de los organizadores del foro, afirmó que será el primer tratado sobre el agua que no es antropocéntrico, es decir, que se centra en lo que más conviene al ciclo hidrológico y no en los intereses humanos. “Este es el comienzo de un nuevo tipo de multilateralismo”, declaró Solón, que en 2010 desempeñó un papel fundamental en el lanzamiento de un movimiento mundial en favor de los derechos de la naturaleza, que ya ha conseguido que se aprueben leyes en más de 30 países.

‘Sin Amazonia no hay solución a la crisis climática’

En la última jornada del FOSPA, los participantes abarrotaron el Coliseo de Rurrenabaque, con la niebla de la selva sobre los acantilados montañosos como telón de fondo.

En la tarima, se leyeron fragmentos del documento final del foro, “Llamamiento desde la Amazonia a construir un acuerdo por la vida frente al colapso climático y ecológico“, entre estruendosas ovaciones, mientras las mujeres que vendían empanadas y cacahuetes se abrían paso entre la multitud de personas en las gradas, algunas mascando hojas de coca.

representantes de comunidades

Representantes de comunidades de toda la selva amazónica se reúnen en el Coliseo de Rurrenabaque, Bolivia, el 15 de junio para la clausura del FOSPA. Foto: Katie Surma/Inside Climate News

“Sin Amazonia no hay solución a la crisis climática. Sin una solución a la crisis climática mundial no será posible salvar a la Amazonia”, comenzaba el documento, que exigía que se detuvieran las nuevas inversiones en proyectos de combustibles fósiles en la región amazónica y enumeraba ocho medidas para acabar con la deforestación, como la demarcación y titulación de las tierras de los pueblos indígenas y la sanción de las entidades que financian emprendimientos deforestadores.

Mientras muchos filmaban el evento con sus celulares desde las gradas, se pidió a los representantes de tres grupos indígenas ecuatorianos que consideraran la posibilidad de acoger la próxima edición del FOSPA. La petición se basó en gran medida en los históricos referéndums de Ecuador de 2023, en los que el 59% y el 68% de los participantes, respectivamente, votaron a favor de poner fin a la explotación petrolera en una parte del Parque Nacional Yasuní y la minería en la reserva del Chocó Andino, a las afueras de Quito. Desde la votación, el Gobierno de Ecuador ha sugerido que podría posponer el cumplimiento del referéndum del Yasuní por motivos de seguridad nacional. El cumplimiento del referéndum se considera en gran medida una prueba de fuego para la viabilidad de los plebiscitos destinados a mantener los combustibles fósiles bajo tierra. En el FOSPA, los participantes barajaron la idea de utilizar tácticas similares para impedir que Brasil prosiga con sus controvertidas actividades petroleras en la desembocadura del río Amazonas.

Los referendos del Yasuní y el Chocó Andino son tácticas amazónicas que los participantes quieren empezar a exportar. Pepe Manuyama, líder indígena de Iquitos, Perú, instó a los asistentes a asomarse al mundo político de sus países de origen para promover globalmente la cosmovisión amazónica: que la naturaleza es un ser vivo, que los seres humanos pueden prosperar sin explotar la Tierra de forma insostenible y que los seres humanos y la naturaleza son interdependientes. “Tenemos que construir un mundo nuevo”, afirmó. “Desde la Amazonia, podemos ofrecer un paradigma diferente”.

Este texto fue publicado en colaboración con Inside Climate News. Pulsa aquí para acceder a la versión en inglés y aquí para acceder a la versión en portugués.

Traducción: Meritxell Almarza
Montaje de página y finalización: Yris Soares
Revisión: Alice Palmeira
Dirección: Marcos Colón

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