Utopías Amazónicas #08 | Alberto Acosta — El Buen Vivir y la Trampa del Progreso
Extractivismo, Kawsak Sacha y los límites del desarrollo en la Amazonía

Alberto Acosta debate el Buen Vivir, la trampa del progreso y los límites del extractivismo en el 8º episodio de LatitudeCast.
Arte: Fabrício Vinhas/Amazônia Latitude.
Hay palabras que el poder aprendió a tolerar: sustentabilidad, transición, economía verde. Las repite en cumbres climáticas, las imprime en informes corporativos, las financia con mercados de carbono. Y mientras tanto, la Amazonía arde.
Alberto Acosta lleva décadas diciendo lo que el poder prefiere no escuchar: que el problema no es la falta de regulación, sino el propio sistema. Economista ecuatoriano, exministro de Energía y Minas, expresidente de la Asamblea Constituyente de Ecuador —donde contribuyó a incorporar por primera vez en la historia los derechos de la Naturaleza en una Constitución—, candidato a la presidencia de su país y autor de uno de los libros más influyentes del pensamiento latinoamericano contemporáneo: El buen vivir: una oportunidad para imaginar otros mundos.
En el libro Utopías amazónicas, publicado por Ateliê Editorial, Alberto Acosta firma el capítulo titulado “La Amazonía en la trampa del progreso: violencia, resistencia, transformaciones, utopías”. Y lo abre con una imagen de Walter Benjamin: el ángel de la historia. Ese ser que ve en lo que llamamos progreso no una promesa, sino una catástrofe que no deja de acumular ruinas. Es desde esa imagen y desde esa honestidad incómoda que comienza esta conversación.
¡Escucha!
Amazônia Latitude: Profesor Alberto Acosta, sea muy bienvenido a LatitudeCast.
Alberto Acosta: Para mí es un gusto, Marcos, poder compartir contigo algunas reflexiones sobre un tema que, sin duda alguna, es de interés para toda la humanidad —o que debería ser de interés para toda la humanidad—. Porque cuando hablamos de la Amazonía, hablamos de un territorio de vida. Y esa vida está entrelazada con prácticamente todas las regiones del planeta. Lo que suceda en la Amazonía va a tener repercusiones en todas las partes del mundo.
Es fundamental, entonces, comenzar a recuperar una visión diferente sobre la Amazonía para lograr un proceso que permita el sostenimiento de esas bases de vida existentes, que están severamente amenazadas por un sistema caracterizado por sofocar la vida de los seres humanos y de la naturaleza.
AL: Quería empezar esta conversación con una pregunta que hacemos a todos los autores del libro Utopías amazónicas: ¿qué es la utopía amazónica para usted? No la definición del diccionario, sino esa utopía que nortea su trabajo y su perspectiva del Buen Vivir.
AA: Bueno, la utopía es, en primer lugar, una opción de vida diferente, deseable, que garantice una existencia digna para todos los seres vivos. Esa sería mi aproximación.
En el caso de la Amazonía, la utopía está, de alguna forma, construida en algunos lugares: en aquellos pueblos que han logrado sostener sus formas de vida inspirados en lo que puede ser el sumak kawsay o el buen vivir, el ñandereko, o el teko porã en Brasil y Bolivia; inspirados en esas formas de relacionarse de manera equilibrada con la naturaleza y el respeto comunitario. Las comunidades son fundamentales.
Pero, además, creo que hay que recuperar aquí esa utopía que podemos realizar. En la Amazonía tenemos utopías realizadas que hay que asumirlas y estudiarlas —no copiarlas ni trasladarlas mecánicamente a otros territorios, proceso que demanda mucha humildad y respeto para conocer existencias diferentes a las del mundo mestizo o capitalista. Y, simultáneamente, esas utopías nos ofrecen opciones para construir utopías en el futuro. La utopía es una de las grandes herramientas que sirve, inclusive, para incomodar al poder, y eso me parece fundamental.
AL: Pero, profesor, usted abre su capítulo con Walter Benjamin y el ángel de la historia. Es una imagen que nos deja poca escapatoria, porque el progreso en esa lectura no es un desvío ni un accidente: es el sistema operando exactamente como fue diseñado. ¿Cómo se le dice eso a alguien que todavía cree que la solución es “más desarrollo”?
AA: Yo diría, Marcos, que si queremos entrar en materia asumiendo el potencial de una utopía que nos sirve para caminar y las propuestas que provienen de las culturas indígenas amazónicas, tenemos que recordar e insistir en que la Amazonía ha sido asumida tempranamente dentro del proceso de revalorización del capital. Esto es fundamental.
Los grupos dominantes, desde hace cientos de años, han visto a la Amazonía como un depósito de recursos naturales, de riquezas por extraer, revalorizar y mercantilizar. Recordemos que la Amazonía se integró en la División Internacional del Trabajo hace varios siglos, vive una lógica extractivista de exportación de la naturaleza, ya sea en la época colonial o en las repúblicas, con gobiernos progresistas o neoliberales.
Fue incorporada enarbolando la espada y la cruz, el poder imperial y la fe. Y desde entonces empezó un inmisericorde proceso de explotación de las riquezas naturales, con la consiguiente destrucción de territorios, culturas y pueblos.
Adicionalmente, todo el ingreso de los extractivismos, sobre todo mineros y petroleros, genera destrucciones violentas. Vale la pena recordar que los extractivismos no solo ocasionan violencia, corrupción y demandan gobiernos autoritarios, sino que se nutren de la violencia, la corrupción y el autoritarismo para poder avanzar. Dicho de forma muy sencilla: la violencia y la corrupción no son solo una consecuencia del extractivismo y de la colonización en la Amazonía, sino una condición necesaria.
No nos olvidemos de que la Amazonía fue vista —y sigue siendo vista— como un territorio vacío donde la búsqueda incesante del progreso demanda su integración en la lógica de la modernidad. Y esa realidad es la que pasa factura, tanto a los pueblos originarios como a la Madre Tierra.
AL: Pensando más sobre el progresismo y el extractivismo, quizás este sea el punto más incómodo de su texto. Quiero presionarlo de manera constructiva, porque usted fue ministro, presidente de la Asamblea Constituyente y candidato a la presidencia. ¿Qué vio desde dentro que confirmó lo que ya sabía desde fuera? Es decir, ¿el extractivismo sobrevive a cualquier sigla partidaria?
AA: Esa es la triste realidad, y es lo que comienza a pasar factura a las organizaciones progresistas que no impulsaron una verdadera transformación. Trataron de introducir cambios cosméticos en un sistema que, en esencia, es destructor y sofoca la vida. Trataron de administrar de mejor manera el capitalismo, pero este sistema en sí es el que arrastra con todos estos elementos brutales.
Así, estamos viendo que, en todos los países de la cuenca, las selvas están siendo transformadas a una velocidad increíble en desiertos de monocultivos o en áreas deforestadas por la ganadería a gran escala y la tala legal e ilegal. Todo es más complicado cuando vemos que los extractivismos mineros y petroleros arrasan con todo a su paso, mientras los centros urbanos, por definición no sustentables, aceleran todo el proceso de destrucción.
Superar la narrativa dominante de que “hay que hacer crecer las economías” e “integrarse al mercado mundial” no es fácil. Para mí, personalmente, ha sido un proceso de muchos años. Yo repito con frecuencia, Marcos, que vengo del lado oscuro de la fuerza.
Tuve aproximaciones a la Amazonía, si quieres, con un criterio romántico o de aventura. Llegué por primera vez hace más de 70 años —tenía 6 años en esa época — de paseo a un pueblo en la Amazonía ecuatoriana, y volví una y otra vez. Posteriormente, a principios de los años 80 del siglo pasado, trabajé en la industria petrolera. Yo veía en la Amazonía el potencial de recursos, particularmente de petróleo. Pero paulatinamente comencé a darme cuenta de que eso no tenía futuro.
En 1984 fui de paseo a la Amazonía con la que hoy es mi compañera. Le mostraba el oleoducto transecuatoriano y le decía: “Por ahí fluye la riqueza del Ecuador”. Ella, que es bióloga, me dijo: “No, Alberto, por ahí está fluyendo la sangre de la Amazonía”.
Con el tiempo entendí que la extracción de petróleo en Ecuador no resolvía los problemas de pobreza, miseria o concentración de la riqueza, ni servía para mejorar la democracia o alcanzar el inalcanzable “desarrollo”. Cuando llegué al Ministerio de Energía y Minas, ya había dado muchos pasos en esa dirección, pero me di cuenta de lo difícil que es pulsar transformaciones de fondo.
Y ahí tenemos la llamada “economía verde”, que, de una u otra manera, simplemente sigue la lógica perversa de mercantilizar la vida, las selvas, los servicios ecológicos y todo lo que pueda ser objeto de acumulación para el capital.
AL: Quisiera presionar un poco más aquí. No solo hablamos de empresas, sino de la complicidad de los Estados amazónicos. En su artículo describe a la Amazonía como la “periferia de la periferia”, tratada así no solo por el capitalismo global, sino por los propios países amazónicos, incluyendo a Brasil. Usted critica categóricamente lo que llama “subimperialismo”. La pregunta directa es: ¿quién gobierna la Amazonía hoy? ¿La está defendiendo o la está liquidando?
AA: Es una pregunta muy interesante. Deberíamos preguntarnos qué significa “gobernar”. En el sentido estricto de la institucionalidad, podríamos decir que la gobierna el conjunto de los Estados amazónicos. Pero en la práctica, esos Estados están sintonizados e interrelacionados con la lógica de acumulación del capitalismo global. Tienen un margen de acción limitado dentro de esa gran megamáquina del capitalismo, porque nuestros gobiernos ven en la Amazonía únicamente la oportunidad de extraer recursos.
Las élites dominantes ven el verde de la Amazonía y se figuran que es el verde de los dólares. No ven el verde de la biodiversidad ni la capacidad de vida del territorio. Y esto viene de hace siglos. Recordemos que la Amazonía fue “descubierta” por Francisco de Orellana hacia 1541. Un siglo después, los reyes de España enviaron al jesuita Cristóbal de Acuña para informar sobre las riquezas existentes.
Tengo a mano una cita del padre Cristóbal de Acuña de su libro [Nuevo descubrimiento del gran río de las Amazonas], publicado en 1641:
Este es, en suma, el nuevo descubrimiento de este gran río que, encerrando en sí grandiosos tesoros, a nadie excluye […]. Al pobre ofrece sustento; al trabajador, satisfacción de su trabajo; al mercader, empleos; al soldado, ocasiones de valer; al rico, mayores acrecimientos; al noble, honras; al poderoso, estados; y al mismo rey, un nuevo imperio.”
Ese mensaje de 1641 sintetiza lo que se sigue haciendo hoy: las grandes potencias y el capital ven a la Amazonía como una posibilidad de negocios, acumulación y control político.
Por eso, la disputa no está centrada solo en el papel de los Estados amazónicos, sino en la lógica misma del sistema. No podemos seguir entendiendo la Amazonía como la frontera viva de la colonización ni expandiendo el mercado capitalista, sea tradicional o a través de mercados ficticios de carbono, patentes y servicios ambientales. Hay que dar paso a una lectura diferente de respeto y dignidad para la naturaleza y sus pueblos.
AL: Entrando en la perspectiva del Buen Vivir como propuesta política real para rescatar ese valor de vida: el Buen Vivir se incluyó en la Constitución del Ecuador y, poco después, el mismo gobierno que presidió esa Asamblea volvió a ampliar la frontera petrolera. Cuando pensamos en esa contradicción, ¿dónde está el límite entre la utopía transformadora y el eslogan instrumentalizado?
AA: Me preocupa mucho que las élites sigan viendo en la Amazonía solo la posibilidad de hacer negocios, ya sea con gobiernos progresistas o neoliberales, con la presión de las transnacionales o con el aliento de organismos multilaterales de crédito.
Pero rescatemos elementos positivos. Cada vez se acepta más a nivel mundial que quienes están haciendo acciones concretas para enfrentar el colapso ecológico son los pueblos indígenas amazónicos. Cuando defienden sus territorios, defienden posibilidades certeras de acción, a diferencia de las cumbres climáticas (las famosas COP), donde hay discursos bonitos que después no se cumplen.
Los pueblos indígenas nos ofrecen opciones diferentes. En el libro menciono la propuesta del pueblo kichwa de Sarayaku, en la Amazonía ecuatoriana, que habla del Kawsak Sacha o “Selva Viviente”. La selva no es una opción de negocio: es vida.
Ellos nos enseñan que el Kawsak Sacha tiene energía y simboliza el espíritu humano en armonía con la Pachamama.
El Buen Vivir es la vida en armonía del individuo consigo mismo, en comunidad con los demás seres humanos y en equilibrio con la naturaleza. Ese es el mensaje que debemos recuperar: asumir visiones de mundo que nos permitan superar esta civilización del capital y la idea del progreso, que ha sido una de las invenciones más perversas de la humanidad.
AL: El concepto de Kawsak Sacha funde pasado y futuro en un presente de resistencia frente a los procesos de conquista. Más adelante en su capítulo, usted cita a Ailton Krenak:
Temos que acabar com a fúria de meter asfalto e cimento em tudo. Nossos córregos estão sem respirar, porque uma mentalidade de catacumba agravada com a política do marco sanitário acha que tem que meter uma placa de concreto em cima de qualquer riacho, como se fosse uma vergonha ter água correndo ali. A sinuosidade do corpo dos rios é insuportável para a mente reta, concreta e ereta de quem planeja o urbano.”
Usted coloca este epígrafe y señala que un tema crucial es cómo reorganizar los centros urbanos consolidados en la Amazonía, como Manaos, que causan enorme destrucción. ¿Cómo avanzar desde esta perspectiva de muerte hacia una perspectiva de vida?
AA: Lo primero es asumir la realidad de la Amazonía desde la sustentabilidad y la vida, no desde la mercantilización ni el potencial económico medido en inversiones o crecimiento del PIB. La Amazonía debe ser entendida desde sus ritmos ecológicos y el sentir de sus pueblos originarios, más allá de las divisiones de fronteras nacionales.
En segundo lugar, hay que desmontar el discurso del “capitalismo verde”, los mercados de carbono y la venta de servicios ambientales.
En tercer lugar, debemos recuperar las luchas de resistencia que existen en la región: desde quienes resistieron a la esclavitud en la época del caucho hasta las comunidades que hoy frenan la actividad petrolera y minera. La Amazonía tiene que encontrar respuestas desde la Amazonía, no desde los escritorios de los gobiernos, de las transnacionales, ni desde Washington, Beijing o Moscú.
Por eso hablo del progreso como una trampa —una armadilha en portugués—. Necesitamos echar abajo esas ideas y recuperar opciones como el sumak kawsay y el Kawsak Sacha.
AL: En su artículo usted se refiere a los mercados de carbono como los “espejitos del siglo XXI”, comparándolos con las baratijas que entregaban los conquistadores europeos. ¿De qué manera nos están engañando de nuevo con esta nueva gramática de la bioeconomía?
AA: Es la reproducción del espíritu de los espejitos. Para permitir la ampliación de minas, pozos petroleros o monocultivos de palma africana, se les ofrecen beneficios marginales a las comunidades para evitar la resistencia. Es una remozada lógica colonial mercantil barnizada de discurso tecnológico.
No podemos confiar ingenuamente en que la tecnología cambiará por sí sola este rumbo de muerte. Hay que desmercantilizar la naturaleza y los bienes comunes, descentralizar las estructuras concentradoras de producción y consumo, redistribuir la riqueza y el poder, y repensar las ciudades amazónicas para que dejen de reproducir lógicas insustentables.
Rescato experiencias concretas de sintonía social, como la consulta popular en Ecuador promovida por la sociedad civil para detener la explotación de petróleo en el Parque Nacional Yasuní (yasuní significa “sagrado”). La gran tarea actual es “yasunizar” el mundo: hacer viables mundos en clave de pluriverso, donde todos podamos vivir con dignidad respetando los derechos humanos y los derechos de la naturaleza.
AL: Citando a Eduardo Galeano, la utopía sirve para caminar. Sin embargo, en la Amazonía, quienes caminan hacia esa utopía frecuentemente son asesinados: líderes indígenas, quilombolas, ribereños y defensores del territorio. La cuenta de cambiar el mundo la están pagando con su vida quienes menos tienen. Usted termina su artículo citando a Gandhi: “Necesitamos hacer las paces con la Madre Tierra para caminar en paz entre los hombres”. Como economista que conoció el petróleo desde dentro y hoy sueña diferente: después de todo lo que ha vivido y escrito, ¿qué le sigue dando esperanza en la Amazonía?
AA: He llegado a amar la Amazonía no solo por lo que significa en términos de vida, sino por las oportunidades que nos ofrece para repensar el planeta.
Me da mucho ánimo ver a esas comunidades indígenas —muchas veces criminalizadas, perseguidas y víctimas de la violencia de los Estados, de las transnacionales o del crimen organizado— seguir luchando y defendiendo la Selva Viviente. Al defender su entorno, nos ofrecen alternativas para pensar que otros mundos son posibles.
No se trata de copiar la visión del Buen Vivir amazónico y trasladarla intacta a otra realidad, pero tampoco podemos aceptar que el urbanismo moderno siga destruyendo los espacios amazónicos. Yo sé que no voy a ver un cambio real definitivo, pero mantengo el entusiasmo pensando en mis nietas y nietos.
Tenemos que comenzar a pensar el mundo fuera de los estrechos horizontes del capitalismo —que es una civilización de muerte— y construir formas de organización que garanticen la vida digna.
AL: El libro Utopías amazónicas demuestra que las utopías no son sueños de un futuro distante, sino memorias de formas de vida que han existido durante milenios. Si la Amazonía pudiera hablar hoy con la voz del Buen Vivir, ¿qué le diría a un mundo que todavía no sabe escucharla?
AA: La Amazonía ya está hablando de múltiples maneras. Habla con la voz de los pueblos que resisten y proponen, y con la voz de la propia selva que reacciona ante el colapso ecológico. Las sequías extremas y las grandes inundaciones muestran que el equilibrio ecológico se está trastocando. La gran pregunta es si no hemos cruzado ya el punto de no retorno.
Si la Amazonía se transformara en una sabana, se trastocaría el sistema climático de toda América y del planeta entero, acelerando incluso el deshielo del permafrost en Siberia por el incremento de gases de efecto invernadero.
Nos toca asumir, sin romanticismos, los proyectos colectivos de los pueblos indígenas, que llevan miles de años organizándose en función de los equilibrios ecológicos. El gran reto de la humanidad es reencontrarse con la Madre Tierra; de lo contrario, la vida para miles de millones de habitantes será cada vez más difícil.
AL: Para concluir, al final de su capítulo usted cita a la lideresa waorani Nemonte Nenquimo cuando dice: “No esperen que solo los pueblos indígenas sigamos haciéndolo”. ¿Por qué su mensaje resuena de manera tan urgente para todos nosotros en este momento?
AA: Porque existe un “ADN extractivista”. Las élites han asumido la extracción de recursos como el único mecanismo de progreso, y sabemos que no funciona. El capital busca acumular a toda costa: produce bienes innecesarios, acumula destruyendo mediante guerras y genocidios —como el de Palestina, que se perfila como negocio para algunos capitales— y acumula mediante ecocidios.
Debemos liberarnos de la religión del crecimiento económico permanente y del fetiche de la acumulación material. Sintonizando con Nemonte Nenquimo: defender la vida en la Amazonía es defender el futuro de los seres humanos en todo el planeta, y esa lucha nos corresponde a todos.
AL: Muchas gracias, profesor Alberto Acosta, por esta profunda conversación y por esta clase que siempre nos brinda.
La Amazonía no pide permiso para existir. Existe, respira, resiste. Y mientras el mundo debate en cumbres climáticas el precio del oxígeno que produce, sus comunidades, ríos y selvas siguen cargando solos el peso de un planeta que aún no entiende lo que está perdiendo.
Alberto Acosta lleva décadas diciéndolo desde el gobierno, la academia y las calles. Cada vez que el sistema parece haberlo absorbido, él encuentra la forma de volver a incomodar. Eso es lo que hace la utopía cuando es honesta: no promete el paraíso, te obliga a seguir caminando.
Para leer el artículo completo del profesor Alberto Acosta, puede adquirir el libro Utopías amazónicas, publicado por Ateliê Editorial.
Produção e Direção: Marcos Colón
Roteiro: Lucas Monteiro e Marcos Colón
Edição de áudio:Lucas Monteiro
Transcripción: Meritexell Almarza
Tradução, Edição e Montagem de Página: Juliana Carvalho
