Peces pequeños

A las puertas de la segunda vuelta, diez días por el Valle del Yavarí revelan una realidad que queda fuera del debate electoral

No Vale do Javari, pescadores relatam a diminuição dos peixes. o Às margens dos rios afetados pela seca e pela escassez, os peixes menores refletem uma realidade que nenhuma eleição nacional consegue explicar. Foto: Marcos Colón / Amazônia Latitude.
No Vale do Javari, pescadores relatam a diminuição dos peixes. o Às margens dos rios afetados pela seca e pela escassez, os peixes menores refletem uma realidade que nenhuma eleição nacional consegue explicar. Foto: Marcos Colón / Amazônia Latitude.
No Vale do Javari, pescadores relatam a diminuição dos peixes. o Às margens dos rios afetados pela seca e pela escassez, os peixes menores refletem uma realidade que nenhuma eleição nacional consegue explicar. Foto: Marcos Colón / Amazônia Latitude.

En el Valle del Yavarí, los pescadores relatan la disminución de los peces. A orillas de los ríos afectados por la sequía, los peces
más pequeños reflejan una realidad que ninguna elección nacional logra explicar. Foto: Marcos Colón/Amazonía Latitude.

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Pasé diez días en el Valle del Yavarí, en el extremo occidental del estado brasileño de Amazonas, en la frontera con Perú. Volví con miedo. No de la sequía ni de las dificultades que vi en las comunidades, aunque también pesen. Volví con miedo de lo que pueda pasar en esa parte de la Amazonía si Flávio Bolsonaro gana las elecciones.

Sé que los problemas del Yavarí no empezaron con Jair Bolsonaro y que no hay elecciones que los resuelvan. Pero lo que me encontré en este viaje me hizo pensar en lo mucho que aún nos cuesta comprender la Amazonía cuando intentamos interpretarla solo desde la perspectiva de la contienda política nacional.

En el Yavarí, la región con mayor concentración de pueblos indígenas aislados del mundo, la vida sigue un ritmo que poco tiene que ver con el calendario electoral. Los ríos determinan los desplazamientos, el acceso a los alimentos y las oportunidades laborales. La sequía de este año ha complicado aún más una situación que ya era precaria.

Estuve con pescadores que cuentan que los peces que capturan son cada vez más pequeños. No sabría decir en qué medida se debe a la sequía, a la presión sobre los recursos o a otros factores. Sé lo que vi y oí. Para quienes dependen del río, esta disminución no es algo abstracto: afecta a su alimentación, a sus ingresos, al día siguiente.

Mientras tanto, Brasil debate sobre unas elecciones.

Hablé con jóvenes del municipio de Benjamin Constant y con universitarios que creen que Flávio Bolsonaro es la mejor alternativa para su futuro. Algunos se benefician de políticas públicas que históricamente apenas han existido en la región. Aun así, apoyan un proyecto cuya relación con la educación pública, la protección del medioambiente y los derechos indígenas merece, como mínimo, una mayor atención.

Lo que me inquieta no es encontrar a gente que piense de forma diferente a mí. Sino darme cuenta de que la identificación política prevalece sobre la realidad que viven esas mismas personas. La herencia medioambiental y territorial del Gobierno de Jair Bolsonaro parece tener poco peso en estas conversaciones, y no se debe a una simple ignorancia. Existen frustraciones legítimas, una profunda desconfianza en las instituciones y el deseo de formar parte de un proyecto de país en el que muchos creen que no tienen cabida.

En Tabatinga, un taxista me dijo que votaría a Flávio Bolsonaro. La justificación fue clara: los indígenas reciben un subsidio del programa Bolsa Família y cuentan con una atención médica mejor que la suya. Quien conoce las dificultades que afronta la población indígena para tener acceso a la sanidad en esa región sabe que eso dista mucho de ser cierto. Pero lo más importante de aquella conversación no era la información errónea. Era el resentimiento.

El taxista no hablaba de los indígenas. Hablaba del propio abandono. Para él, las políticas dirigidas a otros grupos significaban que el Estado había decidido quién merecía atención y quién quedaba excluido. Salí del auto pensando que la precariedad puede convertir en adversarios a personas que enfrentan los mismos problemas. En lugar de exigir una atención digna para todos, el descontento se vuelve contra quienes también necesitan protección.

Lula ganó la primera vuelta en Benjamin Constant y Tabatinga. Pero los mapas electorales no explican lo que ocurre allí. Las conversaciones que tuve tampoco representan a toda la población. Sin embargo, revelan una contradicción que las cifras no muestran.

En junio recorrí la misma región durante diez días, desde Tabatinga hasta Estirão do Norte; parte del trayecto lo hice en un transbordador de la comunidad israelita. Durante días, en una zona extensa y sensible de la frontera con Perú, no vi a nadie patrullando. El Estado es precario, irregular, insuficiente. Pero está ahí. Y eso es precisamente lo que está en juego en estas elecciones: la diferencia entre fortalecer una presencia frágil y destruir lo que queda de ella.

La Amazonía aparece en los discursos políticos como una cuestión de soberanía: proteger las fronteras, defender las riquezas nacionales. Pero ¿qué significa soberanía para quienes dependen del río y tienen un acceso muy limitado a los servicios básicos? La soberanía que le importa a esa población no aparece en el mapa. Hay que sentirla en el día a día.

El geógrafo brasileño Carlos Walter Porto-Gonçalves ya nos mostró que no existe una única Amazonía, sino muchas, marcadas por historias, poblaciones e intereses diferentes. La región ocupa hoy un lugar central en las negociaciones sobre el clima, el carbono y la biodiversidad. Una visibilidad inmensa. Pero esa atención rara vez se traduce en una comprensión de la vida de quienes viven allí. Conocemos las cifras de deforestación, pero apenas escuchamos a los pescadores. Defendemos los territorios indígenas sin comprender las tensiones que existen entre indígenas y no indígenas en las ciudades amazónicas.

La protección de la selva, aunque sea necesaria, no siempre va acompañada de políticas que tengan en cuenta a quienes viven en ella. La Amazonía no es un espacio vacío a la espera de que alguien decida su destino. La habitan pueblos que desarrollaron formas de vida y relaciones con el territorio mucho antes que cualquier Estado. Y también poblaciones urbanas, migrantes, trabajadores y jóvenes que buscan oportunidades y no comparten necesariamente la misma visión sobre el futuro de la región.

Esa Amazonía no tiene cabida en los discursos de campaña. De ninguno de los bandos.

La posibilidad de que gane Flávio Bolsonaro me asusta. No solo por la herencia del gobierno de su padre, sino porque ya he visto de cerca lo que ocurre en una frontera cuando el Estado desaparece. Y no creo que una victoria de Lula resuelva, por sí sola, lo que me encontré. Los problemas tienen raíces que atraviesan gobiernos. La Amazonía ya ha pagado un precio muy alto por decisiones que se tomaron lejos de ella, sin la participación de quienes viven allí.

Lo que está en juego no es la continuidad o el cambio de un gobierno. Es la posibilidad de ampliar o reducir la capacidad de estas poblaciones para decidir sobre sus propios territorios. La pregunta que me ronda desde que volví es sencilla: ¿qué dejamos de ver en la Amazonía cuando empezamos a interpretarlo todo en función de las elecciones?

En el debate nacional las elecciones se suelen tratar como una contienda simétrica: dos proyectos, dos visiones, una elección entre bandos. Pero lo que vi en el Valle del Yavarí no encaja en esa simetría. La cuestión no es qué modelo político va a gobernar el Estado: la cuestión es si el Estado que aún existe en esa región, ya tan debilitado, va a sobrevivir. ¿Por qué los jóvenes que dependen de la educación pública apoyan a quienes amenazan con desmantelarla? ¿Por qué un trabajador al que el Estado ignora considera los derechos indígenas como un privilegio? ¿Por qué se habla tanto de soberanía en un lugar donde el Estado apenas tiene presencia?

Pienso en los pescadores, en los universitarios, en el taxista de Tabatinga. Son historias diferentes que revelan el mismo abismo: la distancia entre la Amazonía de la que se habla en el debate nacional y la que sus habitantes viven cada día.

Al día siguiente de las elecciones, ellos seguirán allí. Los pescadores volverán a los ríos. Los jóvenes seguirán buscando un futuro. Los pueblos indígenas seguirán defendiendo sus territorios.

Las elecciones llegan a su fin. Para quienes viven en la Amazonía, las consecuencias pueden durar mucho más de cuatro años.

Marcos Colón es profesor adjunto de Medios de Comunicación y Comunidades Indígenas de la Iniciativa de las Tierras Fronterizas del Suroeste en la Escuela Walter Cronkite de Periodismo y Comunicación de Masas de la Universidad Estatal de Arizona. Ha dirigido dos largometrajes documentales, Más allá de Fordlândia (2018) y Pisar suavemente en la tierra (2022), es autor de La Amazonía en tiempos de guerra (Planeta, 2025) y organizador de Utopias amazônicas (Ateliê, 2025).

Traducción para el castellano: Meritxell Almarza
Montaje de página y finalización: Juliana Carvalho
Director Editorial: Marcos Colón

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