La política de la memoria en ‘El agente secreto’ de Kleber Mendonça Filho
Marcos Colón reflexiona sobre ‘El agente secreto’, la película brasileña dirigida por Kleber Mendonça Filho, protagonizada por Wagner Moura y premiada en el Festival de Cannes y los Globos de Oro

The Secret Agent (2025) recibió importantes reconocimientos en el Festival de Cannes, incluidos Mejor Director para Kleber Mendonça Filho y
Mejor Actor para Wagner Moura, y que posteriormente ganó Mejor Película en Lengua No Inglesa y Mejor Actor en una Película de Drama,
en los Premios Globo de Oro 2026. Fotos: cortesía de Neon. Arte: Fabrício Vinhas/Amazônia Latitude.
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La última vez que me crucé con Wagner Moura fue en la primavera de 2023, en un momento que ahora parece extrañamente profético. Yo me dirigía al Festival de Cine Medioambiental de Princeton para presentar mi documental y él estaba en Filadelfia rodando la serie Ladrones de drogas, de HBO. Nos vimos brevemente en Rittenhouse Square, intercambiamos algunas palabras, nos hicimos una foto y seguimos adelante. En aquel momento, el mundo ya estaba muy crispado, pero el lenguaje del autoritarismo aún no se había instalado por completo en el discurso público cotidiano.
Al año siguiente, en Guerra Civil (2024), de Alex Garland, Moura interpretaría a un periodista que se mueve por unos Estados Unidos en colapso. La película inquietó al público al situar el periodismo en el centro de una debacle nacional distópica, en la que los reporteros son valientes y comprometidos con la verdad, pero a la vez están atrapados en una economía basada en el espectáculo y la adrenalina. La objetividad no es neutralidad: es coquetear con el peligro. La supervivencia no es ética: es negociación.
Ahora, con El agente secreto (2025), que recibió importantes galardones en el Festival de Cannes, como el de mejor director para Kleber Mendonça Filho y el de mejor actor para Wagner Moura, el actor brasileño vuelve a representar temas centrales del periodismo desde una perspectiva diferente. La película aborda cuestiones como la censura estatal, la represión política y la vigilancia, no a través de un periodista que persigue una noticia, sino a través de un hombre perseguido por un sistema que le tiene pavor a la memoria. Vale la pena recordar que Wagner Moura y Kleber Mendonça Filho son periodistas de formación, un hecho que influye discretamente en la aguda comprensión que tiene la película de cómo el poder represivo teme a la documentación.
Ambientada en el Carnaval brasileño de 1977, durante la dictadura militar, la película está impregnada de periodismo, incluso cuando no aparece ningún reportero en pantalla. Desde sus primeras imágenes hasta sus silencios finales, El agente secreto deja claro que el poder autoritario no se sostiene solo con violencia, sino también con el control de la información, el control de la narrativa y la amnesia forzada.

Balance de víctimas mortales del Carnaval: 91.
La escena inicial marca la pauta. Un cadáver yace en descomposición en el suelo cerca de una gasolinera, mientras Marcelo, un profesor que regresa a casa con su familia, es acosado por un policía corrupto que le exige un soborno. El hostigamiento a Marcelo, interpretado por Wagner Moura, no comienza con un delito, sino con su mera presencia, lo que pone de manifiesto cómo el poder autoritario convierte la vida cotidiana en motivo de vigilancia y amenaza.
A medida que se desarrolla la escena, el policía ignora el cadáver, que, según deja claro la película, se queda allí tirado durante al menos tres días durante el Carnaval. Un empleado de la gasolinera se acerca finalmente, ahuyentando a una jauría de perros hambrientos que husmean el hedor, y mira el cartón que cubre el cadáver.
El gesto es silencioso, casi compasivo, pero devastador en lo que revela: la violencia no solo se tolera, sino que se gestiona, se encubre y se introduce en el titular del día siguiente, “Balance de víctimas mortales del Carnaval: 91”, como si la muerte fuera solo otra estadística más en el ruido de la época. En este desplazamiento, el periodismo se convierte a la vez en sudario y testigo: oculta el cuerpo a la vista, pero insiste, con tinta clara, en que existió. En una secuencia posterior, cuando se encuentra un tiburón con una pierna humana en su interior, la primera pregunta que hacen las autoridades no es sobre la víctima —cuyo nombre la policía ya conoce— ni el motivo de su desaparición, sino si hay periodistas presentes en el lugar. En el mundo de la película, lo que amenaza al régimen autoritario es la visibilidad, no las víctimas de sus crímenes.
A medida que avanza la película, vemos cómo las comunidades de Recife consumen información a través de periódicos locales ya moldeados por la agenda del régimen. En la casa de Doña Sebastiana (el Edificio Ofir), el grupo de refugiados escondidos lee las noticias diarias con recelo y humor negro, sin confiar en ellas. Los titulares se combinan con los destellos de realismo mágico de la película, como la pierna amputada que parece lanzarse sobre los transeúntes en la plaza pública, y todos los presentes en la sala comprenden lo que significa: la noticia se difunde como una distracción.
Kleber Mendonça Filho recurre hábilmente al folclore de su ciudad natal, invocando a Perna Cabeluda (Pierna Peluda en portugués), una popular leyenda urbana de Recife, para satirizar las tácticas de la dictadura para desviar la atención y sus esfuerzos por ocultar la violencia y los delitos de Estado. El silencio se fabrica. La verdad se convierte en rumor y el rumor se convierte en peligro. No se trata de la represión espectacular que se suele asociar a la dictadura, sino de su prima más silenciosa y eficaz: la censura blanda, la ingeniería narrativa, el miedo disfrazado de normalidad.

Perna Cabeluda, no Diário de Pernambuco. Foto: Reprodução/Acervo DP.
No soy ajeno a este tipo de represión, ya que he pasado gran parte de mi carrera informando desde la Amazonia. El periodismo en la selva revela una verdad que a menudo se oculta en otros lugares: la objetividad no es un escudo y la supervivencia nunca es neutral. Aquí el periodismo decide si la verdad puede perdurar. Llega a través de obstáculos administrativos y silenciosas supresiones: permisos denegados, accesos revocados, solicitudes de información paralizadas, historias desalentadas o silenciosamente descartadas y la lenta criminalización de quienes hablan. La violencia, inevitablemente, sigue. Los periodistas desaparecen.
La desaparición y el asesinato de mis amigos Bruno Pereira y Dom Phillips son un claro recordatorio de los riesgos que conlleva informar en territorios donde la verdad está amenazada. Meses antes había estado en esa misma región filmando mi documental Pisando suavemente en la tierra, donde más tarde fueron asesinados y sus cuerpos, descuartizados, quemados y enterrados. En mi caso, recibí una advertencia local para que abandonara la zona como medida de protección. Estamos en una guerra por la verdad. Las fuentes están expuestas y en peligro. Las comunidades están mal representadas o han sido borradas por completo, tanto de la narrativa como de los archivos. El agente secreto conoce este terreno a la perfección. Su tensión no proviene de la acción, sino de saber que hablar libremente, incluso con cuidado, tiene consecuencias.
La verdad reconstruida a partir de fragmentos
Uno de los personajes más reveladores de la película es una investigadora histórica, Flávia (Laura Lufési), que pacientemente reconstruye fragmentos de vidas borradas, rastreando las identidades cambiantes de Marcelo, también conocido como Armando, mientras descubre el destino de su hijo, Fernando, interpretado también por Wagner Moura, lo que profundiza aún más la multifacética actuación del actor. A través de su trabajo, la película muestra cómo la verdad sobrevive cuando desaparecen los relatos directos y se reconstruye a partir de archivos, testimonios y la lectura atenta de lo que el poder intenta borrar.
A través de sus hallazgos finalmente nos enteramos de su destino, revelado de manera silenciosa, casi brutal, en un titular de periódico. La decisión precisa de Kleber Mendonça Filho de no ofrecer más explicaciones deja la interpretación en manos del público, negándose a cerrar el tema y reflejando la violencia del propio borrado histórico. El trabajo de Flávia refleja lo que el periodismo se ve obligado a ser a menudo bajo la represión: archivístico, forense, indirecto. Cuando no se puede informar directamente, la verdad sobrevive a través de fragmentos, testimonios, recuerdos y una obstinada ética del cuidado, como podemos ver en el personaje de Doña Sebastiana (Tânia Maria), una archivista no institucional, guardiana de quienes poseían la verdad.
El agente secreto también aborda cuestiones más amplias sobre la fragilidad de la verdad y el periodismo en las democracias contemporáneas. Incluso cuando no hay un régimen autoritario formal, pueden surgir condiciones que restrinjan la práctica periodística y el conocimiento público: hostilidad hacia la prensa, presión sobre las instituciones académicas y culturales, y disputas sobre la interpretación histórica. En la sociedad de la posverdad, la censura rara vez es singular o explícita: se aplica a través de los sistemas legales, económicos, tecnológicos y culturales.

Interpretado por Wagner Moura, la persecución de Marcelo no comienza con un crimen, sino con su mera presencia. Foto: cortesía de Neon.
La verdad de la calle
Un elemento que El agente secreto comprende con rara precisión es que, en una dictadura, el periodismo no solo opera a través de los periódicos o los reporteros, sino también a través de las ciudades, los cuerpos y los gestos cotidianos que se convierten en archivos no oficiales del poder y la resistencia. Así pues, la ciudad de Recife (que podría ser cualquier ciudad de Brasil o del mundo) no es un telón de fondo, sino un personaje en el que interactúan el pasado, el presente y el futuro en un intercambio de mensajes. Esto es crucial para el periodismo bajo represión. Cuando las instituciones colapsan o están en manos del régimen, la verdad migra a las calles, las cocinas, las redes de rumores y las figuras marginales como Doña Sebastiana, cuya casa proporciona un refugio para la circulación y la transmisión.
El periodismo, en este sentido, sale de la redacción y se reconstituye como una práctica relacional, escuchando, protegiendo, recordando y guiando a las personas a través del peligro. La película sugiere que la forma más duradera de informar en un régimen autoritario puede que no sea publicando, sino conservando: mantener juntos los fragmentos el tiempo suficiente para que el futuro pueda leerlos.
El cultivo de la memoria
Como tal, El agente secreto propone una lección radical para nuestro momento actual. Cuando el Estado monopoliza la narrativa, el periodismo sobrevive no gracias a titulares sensacionalistas, sino cultivando la memoria a través del tiempo y el espacio, de modo que lo que se pretende borrar se pueda leer más adelante.
El agente secreto nos obliga a enfrentarnos a cuestiones que el periodismo suele eludir. Cuando la verdad se convierte en una responsabilidad, proteger las fuentes ya no es una cuestión técnica de anonimato o cifrado, sino que se convierte en una práctica ética de subterfugio. La película muestra cómo la supervivencia puede depender de la fragmentación, de dejar que las historias circulen de forma parcial, indirecta o a través de intermediarios de confianza, en lugar de exponerlas por completo. En tales condiciones, la neutralidad no es la ausencia de postura, sino una elección determinada por el poder: un contrapunto al silencio, la demora o la moderación que sirven a la autoridad con tanta eficacia como la propaganda. La película nos recuerda que las afirmaciones de objetividad en épocas de represión a menudo ocultan riesgos desiguales, en los que quienes están más cerca de la verdad pagan el precio más alto.

Wagner Moura y Kleber Mendonça Filho son ambos periodistas de formación, un hecho que informa de manera sutil la aguda comprensión que tiene la película de cómo el poder represivo teme a la documentación. Foto: cortesía de Neon.
Por último, El agente secreto deja claro que el borrado histórico no se produce con un solo golpe, sino a través de pequeños actos de omisión, archivos perdidos, nombres alterados, detalles ocultos, historias inconclusas. Como la del personaje de Moura, que intenta encontrar cualquier registro existente de su madre. Eso nos recuerda que la tarea del periodismo, tanto entonces como ahora, no es solo informar sobre los acontecimientos a medida que se desarrollan, sino resistir la amnesia impuesta conservando fragmentos, manteniendo la memoria a lo largo del tiempo y garantizando que lo que el poder pretende disolver siga estando disponible para su futura valoración. Lo más urgente es que El agente secreto se pregunta si el periodismo puede seguir funcionando como herramienta para la libertad o si corre el riesgo de convertirse, una vez más, en un instrumento de represión si no es capaz de reconocer el momento en el que se encuentra.
El filme no pretende explicar la dictadura, pero muestra cómo el autoritarismo puede infiltrarse en la vida cotidiana, reorganizar las relaciones y convertir la memoria en contrabando. En este sentido, el cine puede ofrecer algo que el periodismo a menudo no puede. Captura un momento en el tiempo. Permite que el silencio hable. Hace visible la ausencia. Mientras que el periodismo debe competir contra los plazos y los algoritmos, el cine puede detenerse, insistir y perseguir.
Actuar antes de que muera la democracia
Pero el cine no puede sustituir al periodismo. Lo que puede hacer, lo que esta película hace con tanta fuerza, es recordar a los periodistas lo que está en juego antes del colapso sistémico, no después. Insiste en que defender la democracia no es un ejercicio retrospectivo. Es una práctica diaria, ancorada en la valentía, la protección de las fuentes, el rechazo a normalizar la represión y un compromiso ético con las comunidades cuyas vidas se ven amenazadas por la exposición. La pregunta ahora es si el periodismo está dispuesto a reconocer los primeros indicios de autoritarismo, no como amenazas abstractas, sino en las condiciones que determinan quién puede hablar, quién es escuchado y quién paga el precio por decir la verdad.
En conjunto, Guerra civil y El agente secreto no son películas sobre el periodismo tras la caída de la democracia, sino sobre el periodismo cuando el fracaso o la supervivencia de la democracia aún importan. Una muestra un futuro en el que los periodistas documentan los restos de una nación ya perdida; la otra nos recuerda que el trabajo de la verdad a menudo comienza antes, en fragmentos, susurros y actos de memoria que se resisten a ser borrados antes de que el colapso sea irreversible. Si estas películas ofrecen una advertencia, es que el periodismo no salva la democracia después de su muerte. Es más importante durante el frágil y disputado espacio que hay antes de que todo se derrumbe. El agente secreto nos recuerda que cuando se borra la memoria, la represión no necesita alzar la voz. El silencio hará su trabajo.
Este texto fue publicado originalmente en Latin American Bureau. Haz clic aquí para leer la versión en inglés.
Marcos Colón es profesor de Medios de Comunicación y Comunidades Indígenas de la Iniciativa de las Tierras Fronterizas del Suroeste en la Escuela Walter Cronkite de Periodismo y Comunicación de Masas de la Universidad Estatal de Arizona. Ha escrito, dirigido y producido los documentales Más allá de Fordlândia: un relato ambiental de la aventura de Henry Ford en la Amazonia (2018) y Pisando suavemente en la tierra (2022). Es autor del libro La Amazonía en tiempos de guerra (Planeta, 2025) y organizador del libro de ensayos Utopias Amazônicas (2025).
Traducción: Meritxell Almarza.
Montaje de página y finalización: Alice Palmeira
